Paz y armonía social por el amor y la ciencia. Al Dr Moliner”. Me quedo mirando la enorme escultura dedicada al prestigioso médico valenciano al que también se le reconoce con un hospital en Serra. El mensaje resulta imperecedero, de los que sirven para hace un siglo, para hoy y posiblemente para dentro de otros cien años. Muy cerca, una higuera australiana catalogada como árbol monumental parece, con su enorme copa que regala una refrescante sombra, inclinarse ante la reputación del doctor Moliner.
Empezamos el itinerario por una de las zonas más recoletas de Valencia: el paseo de la Alameda en dirección a Viveros y, después, a Benimaclet. Señorial, aunque con sus puntos negros, como los torreones sin señalizar y salpimentados de residuos urbanos. Y con sus claros, naturalmente. ¡Menuda tentación las terracitas para sentarse a la sombra!
No cedo por esta vez. Sigo hasta otra estatua con mucho simbolismo, la del insigne naturalista Cavanilles. “Al sabio naturalista Antonio Josef de Cavanilles. Homenage de admiración acordado por la Universidad en las fiestas de su IV centenario. Octubre 1902”, aparece rotulado y fechado. Al fondo, el colegio Sagrado Corazón de Esclavas, que tantas brillantes promociones de estudiantes ha dado. Y a poco más de cien metros, uno de esos deliciosos remansos de paz con los que cuenta Valencia, los jardines de Monforte, con su templete que ha acogido incontables bodas.
Paso de largo y engarzo con General Elio. Inicio el tramo paralelo a Viveros, pero por el lado tranquilo, el de la derecha en dirección a Benimaclet. Me paro unos segundos a contemplar la plaza de la Legión Española, un singular microcosmos de calles y jardines. Deambulo por lo que fue la ya mítica sala discotequera Distrito 10, reconvertida, con el tiempo, en sede de una prestigiosa universidad. Cruzo la avenida Blasco Ibáñez en sus inicios y me planto en Botánico Cavanilles, por la acera con palmeras a la izquierda y amplios chalés a la derecha.
Preciosas las calles trasversales, por cierto, donde, cuando el semáforo anterior se pone en rojo, puedes deleitarte con el piar de los pájaros que se asoman desde la parte superior de las palmeras. Como en la calle Álvaro de Bazán. Dejo ya, al otro lado, el bucólico complejo del Centro Meteorológico y, poco después, el selecto Club de Tenis, fundado en 1905, frente a la plaza del músico Albéniz.
Caos en Primado Reig
Se acabó la tranquilidad, aunque fuera a parpadeos de semáforo rojo. Llego al cruce con Primado Reig, una de esas avenidas de Valencia a la que no acabo de encontrar encanto alguno (seguiré buscándolo). Salto hasta la paralela calle Doctor Zaragozá, esquina con Benicarló, al inicio de Dolores Marqués. Tuerzo a la derecha, paralelo a las vías del tranvía. Giro por Emilio Baró y dejo a un lado la parada de Benimaclet. Desde aquí me planto en Barón de San Petrillo (curioso el nombre de la baronía cuyo primer titular fue Rodrigo de Borja Llanzol, en el siglo XVII).
Ya se respira otro aroma. Voy entrando en el cogollo de Benimaclet y me doy de bruces con su historia cuando me topo con el llamativo edificio del Centro Instructivo Musical, de 1910, el clásico espacio lúdico valenciano que ha dado a luz a incontables músicos. En los balcones de las casas aledañas ya empiezan a proliferar los carteles de “Cuidem Benimaclet. Aturem el PAI”. Sigo, porque si algo me tira especialmente de este tipo de barrios tradicionales consiste en meterme en alguno de sus hornos y pedir un producto típico. Aquí me ofrecen coca de llanda.