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SUSANA GISBERT

El niño del chándal

Portavoz de la Fiscalía Provincial de Valencia
- 11/01/2018

Acabamos de pasar otras navidades, con su colofón de la fiesta de Reyes, y hasta con resopón de un día por capricho –afortunado- del calendario. Un tiempo extra para acabarnos el roscón y los restos de turrón que quedan, y para disfrutar de nuestros regalos. Y jugar con los juguetes que trajeron los Magos de Oriente.

Siempre me pasa igual. Llegadas estas fechas compruebo, por un lado, que la ilusión sigue siendo un valor consistente, pero por otro, que entre tanto consumismo y tanta información a veces empieza a cotizar a la baja. Y eso sí que no.

Veía en la televisión el mismo día de la cabalgata las preguntas que les hacian a varios niños y niñas a pie de calle. Que si una mucñeca, que si un video juego, que si el equipaje del equipo de fútbol preferido. Lo de siempre, vamos. Pero me llamó la atención un niño de no más de diez años que decía "yo les he pedido un chándal, que es lo que me hace falta". Y me inundó la tristeza al oir a aquel viejo encerrado en el cuerpo de un crío a saber por qué razones. Y en ese mismo instante tuve que agarrar a la ilusión bien fuerte porque amenazaba con salir por la ventana para no volver jamás.

Y es que tal vez me equivoque, pero creo que nos hemos vuelto demasiado pragmáticos. O quizás yo sea muy infantil. Pero me da mucha pena ver cómo cada vez hay más gente que regala un sobre con dinero, un "cómprate lo que quieras" o un "esperamos a rebajas". Y tal vez sea una romántica, pero prefiero una fruslería envuelta en papel de regalo que una tarjeta regalo que quintuplique su valor económico.

Creo que la clave está en las cartas. Hay que escribir cartas a los Reyes. Y mejor en sobre y con sello, pero con un mail o una lista pegada con un imán en la nevera vale. Y pedirles todo lo que queramos, aun a sabiendas de que no podrán traerlo todo. Pero no vamos a ser pobres hasta para soñar, que igual los Reyes puede hacer un esfuercito extra. Y si no, ya se sabe, contra el vicio de pedir, la virtud de no dar.

Creo, también, que ahí está nuestro error. No en Navidad, sino durante todo el año. Nos conformamos. Vemos injusticias en el mundo sentados en nuestro sofá y no somos capaces de levantarnos y decir basta, de manifestarnos, de suscribir peticiones, de echar una mano. Y claro, quienes tendrían que recibirlas están tan pichis. Debe ser por eso que nos repiten que todo va divinamente y que estamos en el buen camino y bla bla bla.

Ignoro qué querría en realidad el niño del chándal. No sé si soñaba con un balón o con un trabajo para sus padres. Ni siquiera sé si soñaba. Pero me voy a atrever a hacer una petición para él, que hago extensiva a todo el mundo. Pido que recupere la ilusión para soñar, y también que desaparezca todo aquello que se lo impida. Y le pido, de paso, a quien me lea, que no se resigne. Las zonas de confort acaban siendo menos confortables de lo que parecen.

Y, por supuesto, espero que los Reyes le hayan traído por lo menos el chándal, y que sea bien bonito. Pero ojala en los bolsillos lleve un regalo extra, aunque no pueda verlo.

SUSANA GISBERT

(twitter @gisb_sus)

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