Cuando Neil Armstrong pisó la luna, dejó una frase para la historia: "un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad". Sigmund Freud ve algo similar, pero en otro terreno: en el de la historia de las creencias.
Freud se remonta a la horda primordial: un grupo humano primitivo organizado en torno al macho alfa, que concentra el poder y regula la vida del grupo, encarnando en su figura toda la autoridad.
Los hijos viven en tensión constante. Dependen de él, pero desean ocupar su lugar. Esto desemboca en el asesinato del padre por parte de los hijos.
Tras el parricidio aparece la culpa y el temor a que la violencia se repita. Surgen normas, prohibiciones y rituales, como la prohibición del incesto y formas de expiación. Así nacen el totemismo y el tabú; organizan lo que antes estaba concentrado en uno solo. Esta autoridad pasa a repartirse.
En el politeísmo, aparecen múltiples dioses, cada uno con una función específica. Si algo va mal, se recurre a un ritual o una ofrenda. Se suman creencias en la magia y en una vida después de la muerte, es el caso de Osiris. Un ejemplo actual, el hinduismo.
En el Egipto de la dinastía XVIII, aparece algo distinto durante el reinado de Akenaton. Surge el culto a Atón: un único dios. En "Moisés y la religión monoteísta" (1939[1934-38]), Freud retoma este episodio y plantea que esta idea habría sido transmitida y transformada.
Se introduce entonces un Dios único, invisible y no representable, que sostiene una ley. Se deja atrás la magia, los rituales y la relación con la muerte. Ya no se trata de intervenir en el mundo, sino de situarse frente a una ley. ¡qué descanso!
El paso al monoteísmo supone una transformación profunda: de muchos dioses a uno, un gran paso en la historia de las creencias.
¿No hay también, en cada persona, una forma de organizar la vida, la culpa, la repetición y la relación con una autoridad perdida que recuerda a este mismo funcionamiento?