La
discusión era sobre cómo estaba urbanizada nuestra ciudad. Yo
mantenÃa – como Leibniz- que, el nuestro, es el mejor de los
mundos posibles. Ponderaba las caÂlles, su luz, sus edificios,
sus monumentos, para mà todo estaba bien y, en cuanto a la limpieza,
¿qué más se podÃa pedir? Son proÂblemas de las grandes
ciudades, no puede estar todo perfecto. Una ciudad es un ente vivo
–le decÃa-, es como una casa ¿acaso no se ensucia nuestra casa y
somos cuatro?
Él
me rebatÃa cada cosa. Me decÃa que abriera los ojos y que viera las
pintadas, la suciedad de las calles, la mala educación, el tráfico,
pero cuando más me decÃa más combatÃa yo sus crÃticas y
continuaba mi defensa insistiendo en la luz, en el mar, en los
jardines. Cuando se me acabaron los luÂgares perfectos le hablé
de lo bien que se vive aquÃ, y él siguió en sus trece, rebatienÂdo
uno por uno todos mis esfuerzos.
Al
final le tuve que decir: -¡Basta ya! No quiero seguir discutiendo.
Mi ciudad es perÂfecta y a quien no le guste que se marche. SalÃ
del bar sin decir adiós, necesitaba que me diera el aire en la cara
y sólo querÃa dar un paseo disfrutando de aquel hermoso dÃa.
Por
el camino, me fijé en todo lo que iba encontrándome al paso: las
innumeraÂbles marcas de los perros en cada esquina, algún que
otro excremenÂto en medio de la acera, pintadas hechas con mal
gusto, simples garabatos hechos sólo por el placer de ensuciar, un
banco roto, papeles, cajetillas de tabaco, bolsas, cristales y
colillas sembraban los rincoÂnes, baldosas sueltas en el
pavimento y una rama tronchada colgando de un triste arbolillo.
-¡Vaya! ¿Qué me estaba pasando? ¿Todo aquello estaba allà antes,
o es que mi amigo me habÃa contagiado algo? –me dije con asombro.
Casi
estuve a punto de cambiar mis ideas, cuando miré hacia arriba y vi
la lÃnea blanca que iba dejando un reactor dividienÂdo un
espléndido cielo azul, mientras unas palomas se perseguÃan en
sentido contraÂrio. ¡Qué preciosidad! –dije moviendo los
labios- ¡Qué maravilla de cielo! –insistÃ. Al bajar la cabeza,
una bola de papel salió desÂpedida desde un coche; subió la
ventanilla y chirriando las ruedas aceleró la marcha sin detenerse
en el semáforo que estaba en rojo. También es una escena bonita,
¿por qué no? Disco rojo, papel blanco, velocidad, chirrido, cielo
azul. Esto podrÃa considerarÂse puro arte de vanguardia -pensé
yo-, y me metà en mi casa.