Yo ya sé que mucha gente no entenderá mi llamada a la modernidad. Pensarán que este país ha cambiado mucho y que ya estamos inmersos en lo moderno. Pero creo que tendríamos que ponernos de acuerdo en qué significa eso de la modernidad. Lo que es cierte es que España viene de una historia muy premoderna, muy rancia. Sociedad autoritaria, muy controlada por el poder religiosos, muy dura, muy injusta, muy inculta, muy violadora sistemática de los derechos humanos y profundamente desigual con amplísimas bolsas de pobreza.
La transición democrática ha mejorado profundamente nuestra estructura social y económica, en la que ha surgido una muy numerosa capa media que ha aprovechado muy ampliamente las ventajas del sistema democrático. Pero los valores de la modernidad no han sido asumidos seriamente: la igualdad, la libertad profunda de cada persona, la capacidad crítica, el acceso a la cultura y a la información, el laicismo, el imperio de la ley, la lucha despiadada contra la corrupción, la transparencia fiscal, la creación cada vez más extensa de un estado de bienestar real. Se han efectuado muchos cambios sociales, pero a partir de los valores de la post-modernidad y de la tecnocracia digital: el consumismo, la insolidaridad, la xenofobia, el engaño fiscal, la corrupción política, el egoísmo vital más radical.
El problema es que en los países de origen cultural católico (España, Grecia, Portugal, Italia) esa salida de los valores premodernos de las dictaduras históricas viene complicada por la difícil situación global que vive Europa. La salida europea, por la que tanto hemos luchado, está siendo un fracaso y no se traduce en una estructura de poder real, sino que los nacionalismos la han bloqueado, aunque sólo se critique a los pequeños nacionalismos (vascos, catalanes, irlandeses, sardos, flamencos...) y nadie quiera analizar críticamente los grandes nacionalismos de los Estados existentes.
Es un contexto muy complicado, en el que los poderes económicos están aniquilando la realidad democrática y nadie se atreve a plantarles cara, sino que con la excusa de la crisis, que ellos han generado, nos ponen más cargas a la ciudadanía. Modernizarnos significa exigir a nuestras administraciones que no realicen actuaciones irracionales. Poe ejemplo, ¿por qué el Ayuntamiento de Sagunto mantiene encendidas absurda e innecesariamente todas las farolas de la zona nueva de la otra parte del río, donde aun no hay nada? ¿Acaso el consumo de luz lo van a pagar los señores concejales y las señoras concejalas? ¿O por qué no plantan cara a la Generalitat, para que se ponga en marcha, sin excusas ni pretextos, la construcción de las obras necesarias en el Colegio "Villar Palasí" y desaparezcan los barracones para nuestros niños y niñas?
Eso sería modernización: participar continuamente en mecanismos de diálogo, tomar decisiones por racionalidad y no por motivos banales y de festejo, tener equipos de gobierno que no vivan obsesionados por gastos superfluos y estériles, como tantas nuevas rotondas o los alumbrados navideños. El poder reside en el pueblo desde la modernidad y el pueblo no necesita folkloradas.
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