Antonio Mayor Sánchez. / EPDALa poesía española pierde una de esas voces que rara vez ocupan titulares, pero que sostienen, desde la cercanía, la vida real de la literatura. Antonio Mayor Sánchez, fallecido el pasado 31 de enero, fue ante todo un poeta de presencia fiel, de palabra compartida y de complicidad con otros.
Miembro del grupo literario El limonero de Homero, formado ahora por Blas Muñoz, Vicente Barberá, Pascual Casañ, Félix Molina y María Teresa Espasa, su trayectoria se inscribe en ese territorio fértil donde la poesía no es solo escritura, sino también encuentro: lecturas, amistad, escucha. Quienes lo conocieron destacan precisamente eso: la cercanía, la afinidad, la manera de estar en la poesía como quien está en el mundo. Quizás, por eso su poesía es tan humana.
Tuve la oportunidad de coincidir con él en multitud de eventos literarios. Asistí a diversas presentaciones de libros que organizó su grupo, le escuché en una conferencia sobre poesía japonesa e incluso compartimos mesa en eventos y restaurantes. En todas esas ocasiones tuve la posibilidad de comprobar que la bonhomía que le precedía por boca de los demás no era un cumplido. Su carácter afable y su erudita formación se traslucían en un trato personal, en una educación exquisita que conquistaba con su presencia.
Antonio Mayor nos brindó libros como Largo lamento de breves (Breviario del bosque), que fue Premio Gerardo Diego del Gobierno de Cantabria, donde su voz, contenida y reflexiva, buscaba lo esencial, sin estridencias, amparada en una docta sensibilidad que no necesitaba fuegos de artificio para ser memorable. No fue un poeta de ruido, sino de persistencia.
Su muerte deja un hueco difícil de medir en cifras, pero evidente en lo humano: en sus compañeros de grupo, en los lectores cercanos, en ese espacio íntimo donde la poesía sigue respirando lejos de los focos. Sirvan estos versos de su libro antológico, de casi mil páginas, que me regaló hace ahora dos años, para clausurar este breve, pero sincero homenaje lleno de afecto y admiración: «Dolorido quedo frente al espejo / en una distancia que se divide incesante / y me hace manantial de otras distancias. // Cisne de buena vejez, / canto este enaltecimiento / de la luz que fue».
Descanse en luz.
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