Imagino que no hace falta que ponga apellido alnombre que da título a este artículo. Y no hace falta que lo haga por lo grandeque era su propietaria. Por eso, aunque se haya escrito mucho ya sobre ella, nopodía dejar de rendirle mi pequeño homenaje.
Comotantas personas que leemos, seguía a Almudena Grandes desde hace mucho, y esperabasus libros con la ilusión de quien espera algo que no solo sabe que le va agustar, sino que le va aportar elementos para la reflexión.
Recuerdola profunda impresión que me causó uno de sus relatos cortos, sobre una niñacon síndrome de Down. Cuando lo terminé, pensé que ojalá algún día fuera capazde escribir algo al menos la mitad de bueno que aquello. Y aun sigo en ello.
Tambiénrecuerdo que una de sus frases en “Malena es un nombre de tango” me marcóespecialmente. Decía el padre de la protagonista, con respecto a la visita alginecólogo de su hija, algo así como “no me habléis de mujeridades sanguinolentas”.Una expresión que encierra el machismo y los estereotipos de toda una época. Mepareció inmejorable.
Perosi en algo fue admirable la labor de Almudena Grandes, además de su talla comoescritora, es en la recuperación de la memoria histórica. Esa memoria históricaque nos robaron y que va mucho más allá de fusilamientos y cuerpos en fosas y cunetas,aunque ahí tenga su expresión más grave. Almudena nos devolvió las pequeñashistorias de las que nadie hablaba, esas que se hubieran perdido si nadie lashubiera escrito. Y lo hizo de un modo hermoso y adictivo. Una vez empezado unlibro suyo, no podía dejar de leer. Y una vez acabado, ya ansiaba el siguiente.
Por desgracia,ese esperado siguiente libro ya no llegará. Ya no buscaremos en la Feria dellibro su último libro, porque ya lo había escrito. Tal vez sabiendo que era elúltimo. Tal vez deseando que no lo fuera.
Portodo eso no entiendo cómo un rifirrafe político ha impedido que se le nombrehija predilecta de su ciudad. No alcanzo a entender cómo se puede ser tanmezquino de no reconocer lo indiscutible
Todavíamenos -o más- entiendo la actitud de algunos cobardes anónimos, que expresabanen redes sociales su desprecio usando los peores insultos. Unos insultos que,por supuesto, definen a quien los hace. Y no bien, precisamente.
Desdeaquí solo puedo decir: gracias, Almudena. Por todos los ratos felices que mehas dado. Y los que me quedan.
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