Lo conocí como Maestro Joao, aunque Joaquín siempre quiso ser Benita. La 2 de TVE emitió esta semana un documental de dos capítulos, hecho con un gusto extraordinario, que además de ser un éxito de audiencia con 3'2 y 3'4% de share y casi 300.000 espectadores, es una maravillosa herramienta para romper tabúes y para ayudar a muchas personas. El tiempo de la oscuridad, del sufrimiento de muchas personas que han vivido escondidas por su orientación sexual o por su verdadera identidad de género, queda cada vez más lejano, aunque todavía lo reconocemos en décadas pasadas. Las leyes en España han ido acompañando -como la ley del matrimonio homosexual impulsada por Zapatero- y la sociedad va sumándose a la normalidad de ser libre en el sentido más amplio de la palabra. Benita, imparable, nos mostró su transición y lo hizo de una manera tan bonita, que su generosidad servirá a muchas personas. Al final, el objetivo es intentar ser feliz en esta vida, antes de emprender el viaje hacia otra.
El documental, por tanto, no es solo una pieza audiovisual bien construida, que también, sino que es, sobre todo, un acto de valentía convertido en relato. En una sociedad que todavía arrastra prejuicios y silencios incómodos, que alguien dé el paso de contar su verdad con 61 años tiene un valor incalculable. Benita no representa únicamente una historia personal, donde nos lleva a su infancia con testimonio de vecinas, sus hermanas y amigos, como Tony Rodríguez, sino que la transición de Joao Joaquín Castejón en Benita, simboliza a toda una generación que, por distintas circunstancias, no pudo vivir con libertad en su juventud. Su testimonio no llega tarde en el calendario -porque nunca es tarde si la dicha es buena, pero a tiempo en lo esencial: en la posibilidad de ser feliz sin pedir permiso. Y ahí radica la fuerza del documental. No busca el dramatismo fácil ni el impacto superficial, sino que construye, con calma y sensibilidad, un espacio donde la dignidad y la autenticidad ocupan el centro.
El espectador no solo observa, sino que acompaña. Siente y se emociona. Hay una cercanía que traspasa la pantalla, una sensación de estar escuchando a alguien que podría ser nuestra vecina, una amiga o incluso nosotros mismos en otro momento de la vida. Esa capacidad de generar empatía es uno de los grandes aciertos de la obra.
Además, el hecho de que Benita haya decidido compartir su historia en esta etapa vital lanza un mensaje poderoso: nunca es tarde para ser quien uno es. En tiempos donde se glorifica la juventud como única etapa de cambio y descubrimiento, su ejemplo rompe ese esquema y abre nuevas posibilidades. Su voz se convierte así en un faro para muchas personas que aún dudan, que temen o que sienten que ya no están a tiempo de dar ese paso.
El documental, cuidado en lo estético y respetuoso en el tono, evita caer en el sensacionalismo. Se nota un trabajo hecho con gusto, con delicadeza y, sobre todo, con una profunda humanidad. No se trata de contar una historia, sino de acompañarla con el respeto que merece.
En definitiva, lo de Benita no es solo un testimonio: es una invitación. A mirarse, a cuestionarse y, sobre todo, a atreverse. Porque la felicidad, aunque a veces llegue tarde, siempre merece la pena.
Un ser de luz.