Blasco Ibáñez. / EPDA Vicente Blasco Ibáñez suele figurar en los manuales escolares como novelista de éxito internacional, republicano militante y cronista de una Valencia en plena transformación industrial. Sin embargo, bajo esa imagen pública late otra historia menos visitada: la de un intelectual que se movió en un ambiente donde la política convivía con el espiritismo, la masonería, las ciencias ocultas y las tertulias donde se llamaba a los muertos igual que se discutía sobre Zola o laicismo. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, Valencia era uno de los focos espiritistas más activos de España. Se organizaban sesiones de “mesas parlantes” en cafés, casas burguesas y ateneos culturales. La prensa recogía crónicas, a veces con ironía, a veces con alarma. Y en ese paisaje aparece Blasco, no como médium, sino como figura admirada por quienes creían que la razón y lo invisible podían, de algún modo, encontrarse.
Está documentada su relación con círculos masónicos y con entornos de pensamiento libre que compartían espacios con espiritistas y teósofos. En cartas privadas suyas se menciona la asistencia a reuniones donde, además de literatura, se hablaba de “magnetismo humano” y de la posibilidad de que el alma continuara activa tras la muerte. Tras su fallecimiento en 1928, empiezan a circular en revistas espiritistas supuestos “mensajes dictados desde el más allá” por el espíritu de Blasco, que aparecía dando lecciones de libertad y anticlericalismo desde otra dimensión. Nadie ha demostrado jamás la autenticidad de esos textos, pero sí su influencia: fueron citados en América Latina, en Francia y hasta en grupos espiritistas de Canarias que lo veneraban como “espíritu guía” de la palabra escrita.
En la Valencia actual aún hay investigadores que rastrean esos cuadernos, esas revistas impresas de forma artesanal y esos testimonios marginales que quedaron fuera de la historia oficial. La Casa Museo Blasco Ibáñez, frente a la playa de la Malvarrosa, conserva muebles, manuscritos y fotografías, pero en ninguno de sus vitrales aparece el rastro de aquella posible doble vida simbólica. Todo lo que fue público está ahí: el escritor, el político, el viajero. Lo que pudo ser secreto, quizá quedó flotando entre el rumor y la niebla.
Tal vez ese sea el verdadero enigma: los archivos dicen lo que ocurrió, pero el misterio persiste en lo que no se pudo registrar. Blasco escribió que “la verdad necesita tiempo para hacerse visible”. Puede que aún no haya llegado ese tiempo. O puede que, como en toda buena historia, la verdad disfrute escondiéndose en los márgenes, esperando al lector capaz de leer no solo las palabras, sino lo que vibra entre ellas.
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