Damián López (en la imagen a la derecha) junto a Pilar Bernabé durante la entrega de los III Premios El Periódico de Aquí en la ciudad de Valencia. /EPDALos derechos LGTBI no pertenecen a una ideología, ni a una religión, ni a una identidad concreta. No son patrimonio exclusivo de la izquierda, ni de un partido, ni de una generación. Son, sencillamente, derechos humanos. Y como tales, abarcan a todas las personas: da igual su fe, su origen, su color de piel, su ideología o su forma de entender el mundo.
Ahora también, sería absurdo, e injusto, negar la historia. Durante décadas, los avances más importantes en materia de derechos LGTBI han venido impulsados principalmente desde posiciones progresistas. En España, el ejemplo más claro fue la aprobación del matrimonio igualitario durante el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, del Partido Socialista. Aquella decisión situó a nuestro país a la vanguardia de la igualdad y cambió la vida de miles de personas. Es justo reconocerlo.
También es cierto que una parte significativa de la derecha política y social mostró entonces reticencias o una oposición clara a esos avances. Forma parte del registro histórico y no tiene sentido maquillarlo. Pero quedarse permanentemente anclados en esa división tampoco ayuda a construir la sociedad igualitaria a la que aspiramos. Porque muchos queremos avanzar hacia la igualdad y la integración y superar la confrontación.
Si de verdad queremos que la igualdad sea plena y normalizada, debemos asumir algo fundamental: los derechos se consolidan cuando dejan de ser patrimonio de unos y pasan a ser asumidos por todos.
El movimiento por la igualdad LGTBI no puede convertirse en un club ideológico cerrado. Si aspiramos a una sociedad donde la orientación sexual o la identidad de género no determinen el lugar de nadie, entonces la defensa de esos derechos debe ser transversal. Debe caber todo el mundo.
Bienvenidos quienes llegan ahora desde la derecha política o social. Bienvenidas las personas religiosas que entienden que la dignidad humana está por encima de cualquier prejuicio. Bienvenidos los inmigrantes que hacen suyos estos valores de libertad. Bienvenidos los blancos, los negros, los amarillos, los guapos, los feos, los deportistas, incluso los karatekas y cualquiera que crea en algo tan simple como que cada persona merece vivir con la misma libertad y los mismos derechos.
La igualdad no se fortalece excluyendo, sino sumando.
Por eso resultan especialmente preocupantes algunas declaraciones recientes que apuntan justo en la dirección contraria. El secretario LGTBI del PSOE en Valencia y asesor en la Delegación del Gobierno, Damián López, llegó a afirmar que “habría que prohibirle a todos estos gays que utilicen los espacios conquistados”, en referencia a los homosexuales que no son de izquierdas. Más allá de la polémica concreta, el planteamiento encierra una idea profundamente equivocada: que los derechos pertenecen a una ideología. Los derechos PERTENECEN A LAS PERSONAS. Seguro que nuestro querido karateka, inmigrante acogido como un valenciano más, ha tenido relaciones con personas de derechas a las que no le ha pedido el carné de militante o le ha preguntado el voto.
En mi opinión, cuando alguien decide dejar atrás viejos prejuicios y abrazar la causa de la igualdad, no deberíamos recibirlo con reproches eternos, sino con la mano tendida. Porque cada persona que se suma hace que esos derechos sean más sólidos, más irreversibles y más universales.
Si queremos una normalidad absoluta, debemos construirla entre todos.
Termino con una anécdota personal, tras muchos años como socio de Lambda, decidí darme de baja el día que supe que se había impedido a José Enrique Aguar, exalcalde de Benetússer y abiertamente gay, participar con una carroza de su partido Contigo en el Orgullo LGTBI de Valencia. Las excusas me parecieron absurdas y contrarias al espíritu que siempre defendí. Para mí, el Orgullo debería ser precisamente lo contrario: un espacio abierto donde cualquiera pueda celebrar la diversidad. Aspiro a ver desfilar algún día a todos los partidos, incluso a la Iglesia, porque la igualdad real también se demuestra cuando somos capaces de convivir con quienes piensan distinto. Vamos, lo contrario de lo que piensa Damián.
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