El cantante británico Morrisey. EFE/Sebastián Silva/Archivo
Querido Morrissey, estimados cenizos varios y amantes del silencio sepulcral:
Sabemos que estos días pueden resultarles difíciles. Lo comprendemos. Las calles se llenan de gente, los petardos suenan como si el universo estuviera celebrando algo, y el olor a pólvora compite con el de los buñuelos recién hechos. Qué horror, ¿verdad? La vida ocurriendo a todo volumen.
Permítanme, sin embargo, proponerles un pequeño ejercicio de paciencia. Solo unos días. Después, prometido, volverán el silencio, la rutina y las cafeterías donde nadie habla más alto que el vapor de la máquina de café.
Mientras tanto, intenten mirar alrededor con cierta curiosidad antropológica. Observen cómo las churrerías trabajan a pleno rendimiento, sirviendo chocolate caliente y buñuelos como si fueran combustible emocional para la ciudad. Fíjense en los restaurantes llenos, donde familias enteras celebran que están juntas y que es fiesta. El comercio de proximidad, ese del que tanto se habla cuando peligra, de repente respira: panaderías, floristerías, tiendas de barrio que durante unos días ven entrar a gente que sonríe.
Las floristerías, por ejemplo, viven su particular primavera adelantada. Miles de ramos para la Ofrenda que convierten la ciudad en un desfile de colores y perfumes. Es curioso: algo que a algunos les parece un caos ruidoso es, en realidad, una coreografía enorme que mueve trabajo, ilusión y economía local.
Y luego están las discotecas, claro. Esos lugares donde la gente —escándalo— decide bailar, reír y olvidar por unas horas que el lunes siempre vuelve. También ellas agradecen que la ciudad esté viva.
Sobre los petardos no diré mucho, porque sé que para algunos son el apocalipsis acústico. Pero piénsenlo así: son la banda sonora de una tradición que lleva siglos recordando que el invierno se acaba y que la primavera viene con ganas de fiesta.
Las Fallas, con todo su ruido, su humo y su exageración mediterránea, son también una declaración de principios: que la vida se celebra mejor en compañía, que la calle es un lugar para encontrarse y que, de vez en cuando, quemar lo viejo para empezar de nuevo tiene su encanto.
Así que paciencia, querido Morrissey y queridos amigos del ceño fruncido. En unos días todo habrá pasado. La ciudad volverá a su calma habitual… y quizá hasta echen de menos un poco de ese caos feliz.
Mientras tanto, respiren hondo (si puede ser con olor a buñuelo) y recuerden: hay tradiciones que hacen ruido, pero también hacen ciudad.
Con afecto festivo,
Pere Valenciano
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