Manuel J. Ibáñez Ferriol. FOTO EPDA Tradicionalmente la
vida ha sido un concepto abstracto y, por tanto, difuso y de difícil
definición. Por esto se solía definir en contraposición a la no vida o lo
inerte, especialmente aludiendo a las propiedades que la diferencian. Lo que
más confundía eran las estructuras víricas, que no comparten todas las
propiedades más comunes del resto de las estructuras vivas. Asimismo tampoco
estaba clara la frontera entre la vida y la muerte, haciendo difícil determinar
cuándo acontecía exactamente ésta última. La definición universal de vida se
planteaba como algo bastante más complejo y difícil. Se ofrecían diferentes
definiciones, y era cuestión de gusto dar por buena una u otra, como se
desprende de la sección definiciones de vida. En cualquier caso, el concepto de
vida ha seguido una evolución paralela a la de la ciencia que se dedica a su
estudio, la biología. Se define en biología como viva la estructura molecular
autoorganizada capaz de intercambiar energía y materia con el entorno con la
finalidad de auto-mantenerse, renovarse y finalmente reproducirse.
Lo vivo es el
estado característico de la biomasa, manifestándose en forma de organismos uni
o pluricelulares. Las propiedades comunes a los organismos conocidos que se
encuentran en la Tierra (plantas, animales, fungi, protistas, archaea y
bacteria) son que ellos están basados en el carbono y el agua, son conjuntos
celulares con organizaciones complejas, capaces de mantener y sostener junto con
el medio que les rodea, el proceso homeostático que les permite responder a
estímulos, reproducirse y, a través de procesos de selección natural, adaptarse
en generaciones sucesivas.
Todos los seres
vivos sobre la faz de la Tierra realizan tres funciones básicas, a saber,
relación, nutrición y reproducción. Se excluye de esta definición a los virus
pues no son capaces de realizar las tres, únicamente se relacionan, no
obstante, realizan todas una vez que infectan a la célula objetivo y son
capaces de manipular su maquinaria celular.
El término vida (en
latín “vita”), desde el punto de vista de la biología, hace referencia a
aquello que distingue a los reinos animal, vegetal, hongos, protistas, arqueas
y bacterias del resto de realidades naturales. Implica las capacidades de
nacer, crecer, reproducirse y morir, y a lo largo de sucesivas generaciones,
evolucionar. Científicamente, podría definirse como la capacidad de administrar
los recursos internos de un ser físico de forma adaptada a los cambios producidos
en su medio, sin que exista una correspondencia directa de causa y efecto entre
el ser que administra los recursos y el cambio introducido en el medio por ese
ser, sino una asíntota de aproximación al ideal establecido por dicho ser,
ideal que nunca llega a su consecución completa por la dinámica del medio. Abarca
una serie de conceptos del ser humano y su entorno relacionados, directa o
indirectamente, con la existencia.
Todos estos
planteamientos, nos llevan a plantearnos, tesis puramente científicas. Pero, la
VIDA, presenta connotaciones espirituales y trascendentales. La vida humana es
un paso que conduce al alma de la inexistencia a la plenitud eterna en un
período de tiempo. Así, el pago que da el pecado es la muerte, pero el don de
Dios es vida eterna en unión con Cristo. Y en el Génesis, se nos da respuesta
al inicio del don de la Vida: “Entonces
Dios el Señor formó al hombre de la tierra misma, y sopló en su nariz y le dio
vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente.” Nuestra
existencia, es un puro paso de un mundo terrenal y material, a un mundo
espiritual, dónde no existe pena, dolor o pecado, porque con la Resurrección de
Cristo, todos estamos salvados. Por tanto, ninguno de nosotros, somos dueños de
nuestra existencia terrena.
Celebramos en éste
fin de semana, el Día Internacional de la Vida. Las autoridades políticas, de
todo signo y condición, no están por la labor de poner freno al crimen o el
asesinato de inocentes, tanto de seres en formato “nasciturus”, como de los que
por edad, están preparando el espíritu, para iniciar el viaje hacia lo eterno.
No somos dueños, ni tenemos en propiedad, la existencia de cada uno de
nosotros. Debemos afirmarnos por un positivo Si a la Vida. Nuestro compromiso,
debe pasar por reclamar políticas favorables a favor de los que inician la
existencia en el vientre materno y el respeto por aquellos que de forma
silenciosa, se van consumiendo, como una vela. En todos los casos, debemos
actuar con AMOR. Solo desde un corazón lleno de amor, podremos defender los
valores de la VIDA con mayúsculas.
Salgamos a las
calles y plazas, a reivindicar la cultura de la VIDA, de la FAMILIA, de la
SENCILLEZ, del AMOR y de la PAZ. Y pasemos la factura política correspondiente,
contra todos los que mucho prometen, y luego se ríen desde sus cómodos
sillones. Hagamos una justa reivindicación, por afirmarnos a los espacios
vitales que nos ofrece éste mundo, al que tanto le debemos.
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