Imagen de archivo de un AVE. /EPDAEn Fitur se repite estos días una palabra como un mantra: conectividad. Más rutas, más accesos, más facilidad para llegar a los destinos. Pero basta salir del pabellón y bajar al andén para comprobar que el discurso no siempre coincide con la realidad. La línea de alta velocidad Madrid-Valencia, una de las arterias clave del turismo español, ha encadenado en los últimos días retrasos, alarmas, paradas técnicas y limitaciones de velocidad que han convertido el trayecto en una experiencia marcada por la incertidumbre.
La escena se repite entre quienes regresan de la feria. Pasajeros que suben al AVE en Chamartín con la acreditación aún colgada al cuello, maletas de cabina y llamadas pendientes. Todo parece normal hasta que suena la primera alarma de emergencias. No hay explicación inmediata, el silencio del vagón se llena de miradas cruzadas y el contexto no ayuda. Hace apenas días del accidente de Adamuz y el recuerdo pesa más que la rutina del tren.
En algunos servicios, el personal acaba informando de que se trata de una posible alarma de incendios, quizá alguien fumando en un baño, y pide disculpas por las molestias. El problema es que la señal vuelve a saltar. Y después otra vez. La normalidad empieza a resquebrajarse mientras el viaje avanza con sobresaltos.
No es solo una cuestión de percepción, también de ritmo. Adif mantiene varias limitaciones temporales de velocidad en la línea Madrid-Valencia, con tramos donde el AVE no puede superar los 160 o los 200 kilómetros por hora, a lo que se suman revisiones extraordinarias tras avisos de maquinistas por vibraciones y posibles desperfectos en la vía. En la práctica, el tren corre con el freno puesto. No siempre se nota en el reloj, pero sí en la secuencia del viaje, con reducciones de marcha, paradas técnicas y accesos a estación bloqueados.
A la llegada a Valencia, algunos convoyes quedaron anoche detenidos largos minutos que en algún caso superó la hora antes de entrar en Joaquín Sorolla, porque había un tren averiado ocupando la vía. Los pasajeros miraban por la ventana sin saber si el trayecto había terminado o si solo estaba en pausa. En otros servicios, el viaje tuvo episodios más desconcertantes, como puertas bloqueadas en la parada de Requena que tuvieron que rearmarse o trenes donde se vendieron más billetes que asientos y algunos viajeros realizaron parte del recorrido de pie.
El diputado provincial de Turismo, Pedro Cuesta, relató en redes sociales su experiencia desde el propio AVE, con frenos de emergencia que se activaban solos, trenes reiniciados varias veces, bajadas de velocidad por seguridad y más de una hora de retraso acumulado en el regreso desde Fitur. No era un día cualquiera. Era para muchos la vuelta de la gran feria turística, el momento en el que el sector profesional regresa a casa después de vender conectividad, infraestructuras y accesos fáciles.
La paradoja era evidente. Dentro del recinto se hablaba de movilidad sostenible, corredores estratégicos y destinos bien comunicados mientras fuera la principal conexión entre Madrid y Valencia funcionaba con sobresaltos. Desde la propia feria, el president de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, pidió este jueves “información precisa” al Gobierno y garantías sobre la seguridad del sistema ferroviario, advirtiendo de que la falta de claridad puede acabar afectando a la imagen turística, porque el viaje no empieza en el hotel ni en la playa, sino en el momento en que alguien decide subirse a un tren.
Más allá del retraso, lo que dejó huella estos días fue la sensación con la que viajaban los pasajeros. Alarmas sin contexto inmediato, paradas sin explicación, convoyes que no entran en estación, puertas que no se abren. Pequeños fallos que, sumados, pesan más cuando el viajero tiene todavía en la cabeza accidentes recientes y descarrilamientos.
El AVE sigue siendo una infraestructura estratégica para el país y para el turismo, pero estos días entre Madrid y Valencia no se viajaba a alta velocidad sino con cautela.
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