Susana Gisbert. / EPDA
Estamos a 15 de marzo. Si nada lo impide, cuando estas líneas vean la luz, las fallas infantiles estarán plantadas oficialmente y las grandes ya rematan sus últimos detalles.
Mientras tanto, el mundo sigue con su locura de escalada bélica, tristeza y destrucción. Los informativos se han convertido en verdaderos relatores de la tragedia y es tan constante que incluso corremos el riesgo de insensibilizarnos.
Así que no sabía por dónde llevar mis reflexiones, si tirarme la manta a la cabeza y hablar de fallas, paellas, cazalla, petardos y buñuelos como si nada más pasara en el planeta, o ponerme seria y dejarme de fiestas que no está el horno para bollos.
Finalmente, he decidido hacer una mezcla de ambas cosas. A ver cómo resulta.
Con la experiencia de toda mi vida he comprobado que las valencianas y los valencianos somos capaces, por unos cuantos días, de dejar de lado todas nuestras disputas, nuestros desencuentros, nuestras preocupaciones y prácticamente todos nuestros quehaceres. Las fallas apenas duran cuatro días, pero en esos días lo copan todo. Y hay que disfrutarlas, que, cuando de falleros se trata, para eso hemos trabajado todo el año. Gente de ideología opuesta comparte mesa, creyentes y no creyentes lloran al pasar por la Maredeueta, mientras las mascletàs y los castillos se llenan con mucha más gente de la que cabría en un estadio de fútbol, o en varios. Siempre me acordaré del comentario de un amigo de fuera que, tras presenciar varias mascletàs me dijo muy serio que ya lo había comprendido todo, que la cuestión estaba en que la mascletà más buena era la que más destrozaba los tímpanos. Y viceversa. Y tal vez tenía parte de razón, aunque, tras muchos años, nuestros tímpanos siguen resistiendo.
¿Y qué tiene esto que ver con las penurias que asolan el mundo? Pues poco y mucho, según se mire. Pero si una ciudad entera es capaz de pararse por completo por unos días, de coincidir en los mismos actos y de vivir en armonía en estos tiempos de polarización que vivimos, todo el mundo podría hacerlo. Es más, debería. Si somos capaces de coincidir en los criterios para que una mascletà, una paella o una falla sean las mejores, deberíamos saber ponernos de acuerdo en qué es lo mejor para nuestra tierra en cada momento, al margen de ideologías. Y quienes se dedican a la política podrían tomar nota.
Y, desde luego, si somos capaces de dar una tregua a nuestras rutinas, también podrían aprender los dirigentes del mundo a dar una tregua a los conflictos y dejar a la gente vivir. Algo tan sencillo que tan complicado se hace en muchos lugares.
Así que, felices fallas. Ojalá a nuestra vuelta a la ruina el mundo haya mejorado.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora @gisb_sus)
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