En la imagen recreación imaginaria por IA del hallazgo de los apicultores y el autor del artículo visitando La Romana.En un rincón olvidado de la montaña valenciana, yacía enterrado uno de los secretos más oscuros de la historia reciente de España. Durante más de dos meses, nadie encontró nada. Hasta que una casualidad improbable rasgaron el velo: en una zanja apenas visible, descansaba la respuesta a una tragedia. Aquel 27 de enero de 1993 no solo aparecieron tres cuerpos: emergió un laberinto de sombras, errores y silencios.
Estos días se cumple una efeméride de triste recuerdo: 27 de enero de 2026, se cumplen 33 años del hallazgo de los cuerpos de Miriam García, Toñi Gómez y Desirée Hernández, las niñas de Alcàsser, en el paraje de La Romana, cerca de la presa de Tous (Valencia).
Aquel 27 de enero de 1993, dos apicultores que revisaban sus colmenas en una zona montañosa y de difícil acceso observaron un brazo semienterrado con un reloj visible en la superficie. Al aproximarse, comprobaron que se trataba de una fosa poco profunda. El aviso a la Guardia Civil condujo al descubrimiento de los tres cuerpos, ocultos bajo tierra y cubiertos parcialmente con una alfombra, tras 75 días de angustia nacional desde su desaparición, el 13 de noviembre de 1992.
El hallazgo desató una avalancha mediática y policial. Sin embargo, pronto surgieron preguntas inquietantes: ¿cómo pudo pasar desapercibida una fosa tan poco profunda durante semanas de búsquedas con perros, helicópteros y cientos de voluntarios? A escasos metros se encontraron restos de sangre y cuerdas, indicios de que la cercana caseta habría sido el primer escenario del crimen.
El 28 de enero se practicaron las autopsias en el Instituto Anatómico Forense de Valencia. Los informes revelaron heridas múltiples, torturas, mutilaciones y disparos en la cabeza. Se detectaron restos biológicos de varios varones que aún están en el limbo su identidad. Las conclusiones confirmaron una violencia extrema y posiblemente bien organizada, incompatible con una acción improvisada.
Las irregularidades no tardaron en acumularse. Fotografías tomadas el día del hallazgo mostraban pisadas y objetos que desaparecieron antes de la exhumación definitiva. La cadena de custodia fue deficiente: objetos personales se perdieron o contaminaron, y la escena del hallazgo fue alterada – incluso con intenciones ocultas- sin las precauciones necesarias.
Testigos afirmaron haber visto luces y vehículos en la zona días antes, unos datos poco investigados. También se ignoraron llamadas anónimas y matrículas sospechosas. La investigación se centró casi exclusivamente en Miguel Ricart, actualmente en libertad por la Doctrina Parot, y en Antonio Anglés, aún fugado, sin profundizar en otras líneas.
Décadas después, nuevos hallazgos óseos y grabaciones filtradas reavivaron las dudas. Restos humanos confirmados por ADN y testimonios silenciados apuntaron a una posible red más amplia de implicados.
Hoy, el caso Alcàsser sigue siendo una herida abierta. Más allá del crimen, simboliza un cúmulo de errores, negligencias y sombras institucionales. Treinta y tres años después, las familias continúan reclamando verdad y justicia en un laberinto de preguntas sin respuesta que aún resuena en la memoria colectiva. ¿Veremos el final del asunto o se convertirá en un mito de la criminología con el tiempo?
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