Perro fantasma / EPDAA lo largo de la historia humana, el tránsito entre la vida y la muerte ha estado acompañado de símbolos que actúan como umbrales. En la Europa atlántica eran aves; en el Mediterráneo clásico, sombras o sueños premonitorios; en muchas aldeas de la península, animales que aparecían sin dueño y sin explicación.
Estas figuras no solo definían un ecosistema de creencias, sino que ayudaban a las comunidades a gestionar lo inevitable. En las casas donde el final se intuía, cualquier ruido podía transformarse en aviso, y cualquier aparición repetida se elevaba a signo.
En este contexto nace la tradición del perro blanco de Benicarló, uno de los relatos más persistentes de la costa del Maestrat. La memoria oral lo describe como un animal silencioso, de pelaje tan claro que casi brillaba al reflejo de los candiles. No ladraba, no mendigaba comida y nunca se le vio vagar por las calles como un perro común. Simplemente aparecía, siempre en el mismo tipo de escenario: el umbral de una casa donde alguien agonizaba.
Los testimonios recogidos en el siglo XVIII y XIX coinciden en un detalle que helaba la sangre de los vecinos: el perro se plantaba frente a la puerta y permanecía inmóvil, como un guardián que no vigila a los vivos, sino al alma que está a punto de desprenderse. Nadie recordaba haberlo visto llegar ni marcharse. Era como si surgiera del aire para cumplir su función. Cuando la persona moría, el animal desaparecía sin dejar rastro, y la calle recuperaba su silencio.
Algunos lo vinculaban con el espíritu de un fraile del antiguo convento de San Francisco, cuya vida estuvo dedicada a asistir a enfermos y moribundos. Otros creían que era una suerte de psicopompo, una figura destinada a abrir camino. También hubo quien intentó atraparlo, pero cada intento acababa igual: el perro se desvanecía entre sombras, sin huellas ni olor, como si no perteneciera del todo a este mundo.
Hoy, la historia del perro blanco de Benicarló sigue viva porque condensa una tensión universal: el deseo de comprender el momento final y la necesidad humana de imaginar que no ocurre en soledad. En aquel animal silencioso y durante esa época los benicarlandos proyectaron su miedo, pero también un gesto de compañía inesperada que se manifestaba justo en el límite entre dos realidades. ¿viene alguien a avisarnos de que se acaba nuestro tiempo o es parte de nuestras supersticiones?
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