Dalí y su falla. / EPDASalvador Dalí, el inescrutable alquimista del surrealismo, dejó en Valencia huellas casi espectrales, cargadas de una extrañeza que recuerda a visiones surgidas entre la vigilia y el delirio. En los años treinta, un paso efímero por Buñol rumbo a la ciudad, alentado por Federico García Lorca, lo mostró sacudiendo su capa como un presagio y celebrando crepúsculos dorados, anunciando un lienzo que jamás existiría; fue un remolino de menos de un día, relatado con un aire legendario que todavía desconcierta a estudiosos, suspendido entre memoria incierta y mito local.
Décadas después, en 1954, las Fallas de Valencia reclamaron su osadía extrema mediante el encargo de «Corrida de toros surrealista» para la Plaza del Ayuntamiento, una concepción casi imposible que Octavio Vicent levantó con dificultad titánica. El boceto —apenas cuatro líneas enigmáticas— desafiaba no solo la técnica, sino la lógica misma: plaza inclinada en perspectiva irreal, extremidades desnudas emergiendo como una multitud fantasmagórica, torero con alas irisadas, ninots de Dalí y Gala Dalí transfigurados en nazarenos, un busto quimérico Dalí-Pablo Picasso vigilando la arena, y un helicóptero monstruoso —mitad artefacto, mitad criatura heráldica— arrebatando al toro muerto hacia montañas catalanas. Costó 111.000 pesetas, cifra récord entonces, aunque Vicent lo juzgó «mal dibujado», atrapado entre equilibrios inestables y proporciones que chocaban con la tradición satírica fallera.
Pero el núcleo del misterio yace en la ausencia de Salvador Dalí. Entregó la idea y nunca contempló su obra. ¿Qué lo detuvo? Reclamó pago inmediato —que no llegó—, viaje fugaz con Gala sufragado por la comisión «El Foc», y exigencias desconcertantes: preservar intactas las figuras de cera en la cremà, o suspender toro y helicóptero en el aire sostenidos por un único cuerno. En cartas airadas a su primo Gonzalo Serraclara, hoy custodiadas en la Biblioteca Nacional de Catalunya, rugió su desencanto: «¡Hay que perseguirlos como a ratas! El acuerdo fue desastroso». Mientras el gremio, encabezado por Regino Mas, la desdeñaba como una herejía —«¿Eso es una falla?»—, el público forastero la veneró. Turistas colmaron la plaza, la prensa mundial la inmortalizó, y durante la cremà el derrumbe ígneo del busto daliniano provocó ovaciones casi rituales.
¿Por qué aquel distanciamiento final? ¿Temor a que la materia traicionara la visión? ¿Cálculo narcisista, sediento de escándalo sin riesgo? ¿O una última performance surrealista, negándose a sellar su sueño en un arte condenado a arder? Dalí engendró un fantasma perfecto: ideó la falla más costosa y perturbadora, sedujo multitudes, y permitió que el fuego la devorara sin su mirada. Solo sobrevivió una maqueta en Barcelona. En Valencia no dejó solo cenizas, sino una incógnita persistente donde arte, vanidad y silencio se funden como relojes blandos, aguardando aún interpretación.
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