Estasemana se ha conmemorado el día mundial del Alzheimer. Unaenfermedad que, por más que se cuente, es difícil de imaginar si nose tiene alguien cercano que la padece.
Siemprerecuerdo una frase de una buena amiga que me impresionó tanto que mequedó marcada a fuego en mi memoria. Decía que cuando lediagnosticaron a su madre la enfermedad, en una edad bastantetemprana, pensaron que ojala hubiera sido cáncer. Y, por duro queparezca, tenían razón. Porque el cáncer se lleva el cuerpo con máso menos rapidez, y el Alzheimer se va llevando el alma poco a poco,de una manera inexorable, sin que nada pueda evitarlo. Y ahí estála otra diferencia, no tanto en la posibilidad de curación o detratamiento, sino en la esperanza. Ese tsunami maldito y poderoso quees el Alzheimer no deja un solo resquicio para la esperanza, porquequienes lo padecen, en sí mismos o en sus seres queridos, saben queacabaran perdiendo todos los recuerdos de lo que fueron sus vidas.
Pensabaen ello mientras veía las imágenes que estos días nos tienenpendientes, las del volcán de La Palma. Además del impresionantealarde de una Naturaleza que nos recuerda que, por más queavancemos, si ella despliega su poder siempre gana, había que pensaren las cosas pequeñas. Esas cosas que parecen pequeñas y que, alfinal, son las más grandes.
¿Quénos llevaríamos de nuestra casa si solo tuviéramos quince minutospara empaquetar nuestras vidas? Esa pregunta, que parce la típica deuna entrevista de periodista principiante a un famosillo, es la quehan tenido que responder muchas personas allá. Y no soloresponderla, sino llevarla a cabo. ¿Primaría lo cerebral o losentimental? ¿Lo práctico o lo emocional? Pues de todo un poco,supongo, con el dolor y la impotencia como hilo conductor.
Yes que los recuerdos están en nuestras cabezas, pero muchas vecesnecesitan un asidero en el que apoyarse. Muchos momentos que noqueremos borrar necesitan una fotografía que los perpetúe y a laque podamos acudir siempre que necesitemos revivirlos.
Meacuerdo ahora de aquella bailarina que, siendo una anciana enferma deAlzheimer, todavía era capaz de reaccionar al escuchar Ellago de los cisnes,y reproducía con su brazos la coreografía que tantas veces habíarepetido en un escenario muchos años antes.
Unabrazo enorme desde aquí a todas esas personas enfermas de ladesmemoria. Tanto aquellas a las que la enfermedad arrebató losrecuerdos como las que los ven pulverizados bajo un manto de lava.