El búnker de El Saler. / EPDAEl búnker de El Saler, conocido popularmente como el Copón de Miaja, es una de las construcciones más enigmáticas de la Guerra Civil en la Comunitat Valenciana. Su origen se remonta a 1937, cuando el bando republicano ordenó su edificación para proteger Valencia, que en aquel momento funcionaba como capital de la República. La estructura fue concebida como una batería de costa fortificada de unos 500 metros cuadrados, fabricada con grueso hormigón armado para resistir impactos directos. Su función principal era puramente defensiva y su objetivo estratégico consistía en alojar piezas de artillería pesada para repeler posibles desembarcos de las tropas franquistas o ataques de la flota italiana. Sin embargo, los cañones nunca llegaron a instalarse y el búnker jamás entró en combate, quedando como una infraestructura vacía y silenciosa en mitad de la costa.
El aspecto más oscuro de este emplazamiento radica en su ubicación y en el uso del terreno circundante. Durante el periodo de máxima violencia de las checas en 1936, antes de que el búnker estuviera terminado, la carretera de El Saler se convirtió en la ruta principal para las sacas de prisioneros. Este punto de la costa era, según testimonios, el fin de trayecto para muchos camiones que salían de centros de detención como la checa de la calle Sorní o Santa Úrsula. Al ser un paraje aislado y deshabitado, las dunas servían de paredón improvisado donde se ejecutaba a los detenidos mediante el tiro de gracia. La construcción posterior del búnker sobre este mismo suelo militarizado y restringido solo reforzó la carga trágica del lugar, ya que el control del ejército impedía que hubiera testigos de lo que ocurría en el perímetro. Tras la guerra, la zona fue escenario de exhumaciones que confirmaron el uso de estas arenas como fosas comunes temporales.
A lo largo de los años 80 y 90, el abandono absoluto del búnker y su progresivo enterramiento bajo las dunas dieron paso a su etapa más siniestra y esotérica. La arquitectura circular de sus salas subterráneas y el eco de su pasado violento atrajeron a diversos grupos y sectas que buscaban aislamiento para sus actividades. Antes de que las autoridades decidieran sellarlo y rellenarlo de arena por motivos de seguridad, los investigadores y la policía documentaron en su interior evidencias claras de rituales ocultistas, incluyendo pintadas satánicas, restos de sacrificios animales y parafernalia de ceremonias esotéricas.
El búnker se convirtió en un imán para lo prohibido precisamente por esa combinación de diseño carcelario y pasado sangriento. Hoy en día, la estructura permanece enterrada y sellada bajo la arena de la playa de El Saler, ocultando un laberinto de hormigón que fue testigo directo de los episodios más crudos de la guerra y de ritos perturbadores en la democracia.
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