Blas Valentín. /EPDAEn los últimos días he visto tantos vídeos e imágenes generados por inteligencia artificial que la pregunta ya no es si son falsos, sino si alguno sigue siendo real.
El problema no es el engaño —eso no es nuevo—. Empieza a resquebrajarse algo más elemental: la confianza desde la que miramos.
Cuando cualquier imagen, cualquier voz o cualquier testimonio pueden fabricarse, la sospecha deja de ser una reacción y pasa a ser el punto de partida.
Y una sociedad que parte de la sospecha se vuelve más insegura, más vulnerable y, en el fondo, más manejable. La desconfianza constante no afila la mirada: la desgasta. Cuando todo es dudoso, también lo verdadero pierde peso.
No es una evolución de la vieja mentira. Es otra cosa. Algo nuevo, sin continuidad con el pasado y más destructivo, porque no solo inventa falsedades: empieza a erosionar el hábito mismo de creer.
Durante siglos, la apariencia necesitaba apoyarse en un cuerpo, una voz, una presencia física. El escudero del Lazarillo podía fingir una vida que no tenía, pero al final del día había una casa en ruinas, un hambre real.
Ahora ni siquiera hace falta eso. La apariencia ya no necesita sostenerse.
Hace unos días circulaba un vídeo en el que un político decía algo que nunca dijo. La voz era la suya, los gestos también. No había nada extraño, salvo el hecho de que no había ocurrido.
Durante unos segundos dudé. No de él, sino de lo que estaba viendo.
Más inquietante es otra cosa: empezar a desconfiar incluso de lo cercano. Un audio en el móvil, una imagen reenviada, una cara conocida en un contexto improbable.
No hace falta que sea falso. Basta con que pueda serlo. A partir de ahí, incluso lo verdadero pierde peso.
Cuando ya no sabemos si creer, tampoco sabemos cómo confiar.
Y sin esa confianza mínima, todo —las palabras, las pruebas, incluso las personas— se queda sin suelo.
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