Refugios. / EPDAEl subsuelo de Alicante no es solo un vestigio arqueológico. Bajo la ciudad persisten huellas más recientes, menos visibles y, en algunos casos, difíciles de explicar. Durante los años más cruentos de la Guerra Civil, Alicante se convirtió en el último bastión de la República, lo que la sometió a un asedio aéreo constante. Para sobrevivir, la población excavó kilómetros de galerías en la roca y la arena, creando un entramado subterráneo donde miles de personas aguardaban en silencio, solo interrumpido por el zumbido lejano de los bombarderos Savoia-Marchetti. Sin embargo, es en ese silencio donde algunos sitúan el verdadero enigma.
Quienes hoy custodian el refugio de la Plaza de Séneca, uno de los más extensos de la red, describen una atmósfera que no se agota en lo histórico. No hablan de presencias, sino de sensaciones difíciles de fijar: cambios súbitos en la percepción del sonido, ecos que parecen llegar con retraso o preceder al propio movimiento. El diseño de estos túneles —con ángulos rectos para disipar ondas expansivas y techos bajos que obligan a inclinarse— genera una acústica peculiar. Algunos operarios que participaron en su restauración relataron haber escuchado, en momentos de completo aislamiento, lo que identificaron como una alarma antiaérea. No un sonido metálico claro, sino algo más difuso, como si la señal hubiera quedado atrapada en la materia.
Hay también registros no oficiales que apuntan a pequeñas anomalías durante las obras: herramientas que desaparecían para reaparecer horas después en lugares ya revisados, corrientes de aire en tramos sellados, o la sensación persistente de no estar completamente solo en ciertas galerías profundas. Nada verificable, pero tampoco fácilmente descartable para quienes lo vivieron.
El episodio más oscuro se vincula a las muertes no registradas. Las crónicas recogen las víctimas de los bombardeos, pero apenas mencionan las llamadas «tragedias invisibles»: fallecidos durante la construcción de los túneles, avalanchas humanas en la oscuridad cuando fallaban los generadores o cuando el pánico se propagaba más rápido que la información. En esos momentos, el refugio —concebido como protección— podía convertirse en una trampa. Algunos visitantes actuales afirman notar descensos bruscos de temperatura en puntos muy concretos, siempre los mismos, como si el espacio conservara una memoria térmica imposible.
Desde ciertas perspectivas, estas experiencias pueden explicarse por fenómenos físicos: reverberaciones complejas, microcorrientes de aire o sugestión ambiental. Sin embargo, otros especialistas en patrimonio inmaterial sugieren algo distinto: que los lugares sometidos a estrés extremo colectivo pueden retener una especie de huella, una resonancia emocional inscrita en su arquitectura.
Visitar hoy estos túneles no es solo un ejercicio de memoria histórica. La precisión funcional de su diseño contrasta con la sensación densa que domina las zonas más profundas. Allí, donde la luz eléctrica apenas consigue estabilizar las sombras, queda la impresión de que el refugio no se ha vaciado del todo.
Alicante guarda, bajo sus pies, algo más que historia: una cápsula donde el tiempo no parece haberse cerrado completamente. Quizá no haya nada que encontrar. O quizá todo consista en aprender a escuchar lo que, durante décadas, ha permanecido enterrado.
¿Qué queda o silencian en los refugios?
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