Blas Valentín. / EPDALa historia no siempre castiga las decisiones erróneas. A menudo, lo que condena es el gesto, la escena, el instante. El poder no solo se mide por lo que hace, sino por el momento en que lo hace y la forma en que lo muestra. No siempre son los hechos lo que arruinan una reputación: es el decorado.
Una comida puede ser trivial. Una conversación, inocente. Una imagen, anodina. Pero cuando sucede en el momento equivocado, se convierte en metáfora. Y las metáforas no se explican: se imponen.
No se trata de moralismo. Se trata de épica mal ubicada. Cuando un territorio vive un momento límite —una emergencia, una crisis, una herida colectiva—, el poder debe recordar algo más importante que su agenda: su lugar. Porque el poder, además de gobernar, escenifica. Y en esa escenificación, todo comunica: los silencios, los gestos, las elecciones, las ausencias, los acompañantes, la duración del acto.
Cicerón llamaba dignitas a esa autoridad moral que no necesita cargos ni leyes. Una especie de gravedad sin severidad. El líder que olvida ese principio corre el riesgo de parecer menor, aunque ocupe el trono más alto. El gesto sin contexto se convierte en farsa. O peor: en desdén.
Spinoza nos enseñó que el poder se degrada cuando pierde de vista al otro. Y el rostro del otro no siempre está frente a una mesa bien iluminada. A veces está en la cuneta, en la casa anegada, en la calle sin luz, en el agricultor exhausto, en el silencio de quien espera explicaciones. No se espera omnipotencia, pero sí decencia simbólica.
Shakespeare comprendió como nadie la escenografía del poder: sus obras están llenas de reyes que fracasan porque no saben elegir la escena o el momento. El error no es solo el crimen, sino la hora del crimen. El espectador puede tolerar mucho, pero no tolera al líder que no sabe retirarse cuando toca.
Hoy, el desafío no es solo gobernar bien. Es gobernar con sentido del tiempo. Porque una sobremesa fuera de sitio, una conversación demasiado larga, un paseo innecesario, pueden decir más que un decreto. No es la acción, es la resonancia.
Y cuando la resonancia suena vacía, el eco lo llena todo.
El poder que no sabe callar cuando toca, mirar cuando se le mira, o retirarse del foco cuando la luz sobra, es un poder que se vacía sin saberlo. No sé si pierde votos —la gente puede votar por inercia, por sectarismo o por dirigismo desde los mass media—.
Pero sí pierde legitimidad. Y pierde sentido.
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