Fantasma de Elche./EPDAUna tranquila noche de mayo de 1992, la Biblioteca Municipal Pérez Ibarra de Elche se convirtió en escenario de un episodio que empezó como una ronda rutinaria terminó convirtiéndose en uno de los episodios más inquietantes del misterio local: la supuesta aparición de un monje entre libros, bóvedas y pasillos vacíos.
El edificio de la biblioteca, erigido en el siglo XVIII sobre los cimientos del convento franciscano de San José –fundado en 1614 por los frailes menores–, reemplazó una estructura anterior destruida por un incendio en 1738. Tras la Desamortización de Mendizábal en 1835, el convento fue exclaustrado y transformado en hospital de caridad para atender a los más necesitados, función que mantuvo hasta principios del siglo XX, cuando se adaptó para uso cultural y educativo, conservando diversos elementos arquitectónicos. Este pasado acumulado es clave para entender el contexto del suceso.
Aquella noche, durante una exposición en ese histórico claustro –vestigio directo de la arquitectura conventual–, un vigilante de seguridad realizaba su ronda habitual alrededor de las tres de la madrugada, cuando el edificio estaba completamente cerrado al público. Los primeros indicios inquietantes surgieron con un sonido metálico, similar al arrastre de cadenas por el suelo empedrado, evocando las penitencias que practicaban los monjes en épocas pasadas, según crónicas de la orden franciscana. Al acercarse a una sala adyacente, el hombre observó algo insólito: varios volúmenes, que horas antes reposaban en estanterías, se habían apilado de forma ordenada sobre una mesa, sin rastro de intervención humana ni signos de acceso no autorizado. El ambiente se tornó gélido, y un rumor de pasos resonó en los pasillos vacíos, amplificado por las altas bóvedas que aún guardan frescos del siglo XVII atribuidos a artistas locales.
Decidido a investigar, el vigilante avanzó hacia una galería oscura, una zona sin iluminación permanente. Allí, la luz tenue de su linterna delineó la silueta de un monje franciscano. La figura, envuelta en un hábito raído con capucha y cordón de cáñamo –característico de la orden–, parecía deslizarse sin tocar el suelo, portando lo que semejaba un rosario o cadenas penitenciales, elementos comunes en las prácticas ascéticas documentadas en archivos conventuales del siglo XVIII. El impacto fue inmediato. El guardia, curtido en su profesión, retrocedió presa del pánico, corrió hacia la salida y se refugió en su vehículo. Allí lo encontraron sus compañeros poco después, temblando y con el arma de servicio amartillada, incapaz de articular palabra durante varios minutos.
El incidente no pasó desapercibido: pronto llegó a oídos de investigadores paranormales y medios especializados, donde recreaciones basadas en el testimonio original capturaron la atención nacional. Aunque el vigilante prefirió el anonimato –posiblemente para salvaguardar su reputación profesional–, su historia se difundió oralmente entre empleados de la biblioteca y vecinos de Elche, integrándose en el relato histórico del edificio. Décadas después, la anécdota sigue viva. Otras experiencias menores han salpicado los relatos: sombras fugaces en las estanterías, libros cayendo sin causa aparente o susurros en las salas de lectura, fenómenos que algunos atribuyen a explicaciones racionales como ratas en las vigas del convento o corrientes de aire en un edificio de tres siglos con sótanos que albergaban criptas monacales.
Hoy, la Pérez Ibarra opera con normalidad como centro cultural y biblioteca, preservando archivos que documentan la vida conventual, desde donaciones reales del siglo XVII hasta registros de epidemias atendidas en su etapa hospitalaria, como la de 1803. Sin pruebas concluyentes, el relato perdura como un testimonio humano de lo que ocurre cuando un testigo se enfrenta a algo que no encaja en una explicación inmediata, reforzando la idea de que ciertos lugares conservan una actividad que no siempre puede medirse, pero sí recordarse.
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