En lo alto de la ciudad de Llíria se levanta el Tossal de Sant Miquel, un cerro que a primera vista parece un remanso de calma coronado por el monasterio del arcángel. Sin embargo, bajo sus piedras late uno de los mayores misterios arqueológicos de la Península Ibérica: los restos de Edeta, capital de la antigua Edetania. Un enclave íbero que, más de dos mil años después, sigue lanzando preguntas sin respuesta.
Desde principios del siglo XX, los arqueólogos han desenterrado calles, viviendas, zócalos de piedra y piezas cerámicas únicas, como el famoso Vaso de los Guerreros o el Kalathos de la Danza. Estas piezas narran escenas de batallas, ritos y celebraciones. Pero lo desconcertante es que parecen hablarnos de un pueblo refinado, con un lenguaje simbólico complejo, del que apenas sabemos nada. ¿Quiénes eran exactamente los edetanos? ¿Qué significaban esas danzas rituales?
El enigma se multiplica cuando recordamos que, tras la conquista romana, la ciudad quedó abandonada y la población se trasladó al llano. ¿Por qué renunciar a una capital fortificada, estratégica y próspera? Algunos investigadores apuntan a pactos políticos; otros sugieren una catástrofe olvidada. Ninguna hipótesis ha logrado imponerse.
El propio cerro guarda más secretos. Se han hallado enterramientos, murallas y almacenes, pero gran parte del yacimiento permanece bajo tierra. Cada campaña de excavación abre nuevas incógnitas: ¿qué ritos funerarios practicaban? ¿Qué dioses veneraban desde aquel santuario en lo alto? ¿Existieron jerarquías ocultas, jefes-sacerdotes cuyos nombres jamás conoceremos?
Y es aquí donde la leyenda se mezcla con la historia. Los vecinos cuentan que en noches de tormenta se oyen campanas que no pertenecen al monasterio, como si fueran ecos de la antigua ciudad íbera. Otros hablan de figuras espectrales que se desvanecen entre las ruinas, guardianes invisibles de un secreto ancestral. Incluso circula la creencia de que abandonar Edeta no fue una elección, sino el cumplimiento de una maldición pronunciada tras un rito prohibido.
Siglos después, el cristianismo levantó en el mismo lugar el monasterio de San Miguel, casi como si quisiera sellar y proteger aquel pasado pagano. No es casualidad, dicen algunos, que el arcángel que lucha contra el mal sea el guardián elegido para custodiar este cerro enigmático.
El Tossal de Sant Miquel es, en definitiva, un palimpsesto de enigmas. Lugar de poder íbero, después sagrado cristiano, y ahora espacio arqueológico que nos recuerda que bajo las capas de la historia se esconde siempre lo desconocido. Quizá el verdadero misterio de Edeta no sea lo que hallamos en sus piedras, sino lo que todavía permanece oculto, esperando a ser descubierto.
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