Francisco Javier Balmis. / EPDACuando estuve paseando por las calles de Alicante apenas queda rastro visible de Francisco Javier de Balmis, y sin embargo su nombre debería resonar como uno de los más inquietantes de la historia moderna. Nacido en la ciudad en 1753, médico militar y cirujano de la Armada, Balmis fue el director de la primera gran operación sanitaria global de la humanidad, la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Una misión que salvó miles de vidas y que, paradójicamente, terminó sumiendo a su impulsor en una especie de silencio incómodo, casi sospechoso.
A comienzos del siglo XIX, la viruela devastaba Europa y América. La vacuna existía, pero no había forma de transportarla viva durante largas travesías oceánicas. Balmis propuso una solución tan audaz como perturbadora: utilizar una cadena humana de niños portadores del virus atenuado para mantenerlo activo durante el viaje. Veintidós menores huérfanos partieron desde el puerto de La Coruña en 1803. Aquella decisión, celebrada como genial por unos y cuestionada por otros, marcó el inicio de una campaña que recorrió América, Filipinas y parte de Asia.
El éxito fue innegable, pero la historia no terminó con honores ni homenajes. Balmis regresó a España envuelto en conflictos burocráticos, rivalidades profesionales y acusaciones veladas. Algunos documentos hablan de enfrentamientos con autoridades coloniales, otros de informes críticos sobre la gestión de la expedición. Parte de su correspondencia se perdió o nunca fue archivada. El médico alicantino, que había recorrido medio mundo, comenzó a desaparecer del relato oficial.
Resulta extraño que una ciudad como Alicante, tan vinculada al mar y a las rutas imperiales, olvidara durante tanto tiempo a uno de sus hijos más universales. No hay estatuas decimonónicas ni grandes homenajes tempranos. Su figura quedó relegada a archivos, notas al pie y menciones dispersas. Para algunos historiadores, Balmis pagó el precio de haber sido demasiado independiente, demasiado directo en sus críticas, demasiado adelantado a su tiempo.
Desde una mirada antropológica, su caso plantea una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando el éxito científico desborda las estructuras del poder? Balmis no solo llevó una vacuna, llevó un modelo de intervención global que escapaba al control tradicional. Tal vez por eso su memoria resultó incómoda. Hoy, su nombre reaparece envuelto en una aura de reivindicación tardía, como si Alicante comenzara a reconocer que el verdadero misterio no fue su expedición, sino el largo silencio que la siguió.
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