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Imagen del Frankenstein dirigido por Guillermo del Toro. /EPDA
La obra cumbre de Mary Shelley vuelve a las salas con esta fastuosa adaptación. Guillermo del Toro satisface las altas expectativas que generan sus películas y ofrece un relato cautivador. Si visualmente es fascinante, la profundidad que adquieren los aspectos dramáticos se corresponde con sus virtuosismos técnicos. Ensalza los apreciables valores que subyacen en la novela valiéndose de unos personajes sólidos. Estructura convenientemente el guion y saca lo mejor de los actores, que lidian con papeles exigentes.
El barco del capitán Anderson ha quedado varado en el hielo cuando navegaba rumbo al Polo Norte. Mientras los marineros intentan devolverlo al agua, escuchan una explosión a lo lejos. Poco después rescatan a Víctor Frankenstein gravemente herido. Pronto se percatarán de que no estaba solo. Un ser enorme, con el rostro lleno de cicatrices, lo reclama para sí, amenazando violentamente a los tripulantes. Inicialmente logran repeler el ataque, pero el maltrecho doctor sabe que volverá; entretanto, les cuenta como le dio la vida a ese cuerpo.
Desde el principio emplea unos recursos narrativos que se revelan muy eficaces. El preludio, que enlaza con el final, resulta impactante y avanza sus excelencias. La irrupción del monstruo responde a los patrones del terror clásico.
A pesar de la agitación inicial, acierta al insertar los flashbacks. Se remonta a la infancia del moderno Prometeo y apunta los orígenes de su gran obsesión. En estos episodios iniciales, la historia se asemeja bastante al filme de Kenneth Branagh. Ya en la Universidad de Ingolstadt se producen escenas curiosas e incorpora a aquellos que le secundarán en el camino hacia las tinieblas. También esboza un romance que no termina de cuajar. No obstante, culmina la primera parte de manera apoteósica.
La segunda la protagoniza la criatura. Paradójicamente, construye su noble humanidad apoyándose en la ingenuidad e ignorancia, frente a las oscuras intenciones y ambiciones de quienes le rodean. Asistimos a pasajes emotivos, aunque alarga demasiado algunas secuencias. El desenlace no defrauda en absoluto.
La dirección artística consigue unos ambientes góticos adecuados que alterna con espacios lujosos de principios del siglo XIX. La música de Alexandre Desplat (La joven de la perla, El discurso del rey) merece los mayores elogios. Ha compuesto diferentes temas que rivalizan en belleza.
Oscar Isaac (Caballero Luna) y especialmente Jacob Elordi (Priscilla) ofrecen dos recitales interpretativos, dignos de sendas nominaciones a los Óscar. Los acompañan Christoph Waltz (Malditos bastardos), siempre una garantía y Mia Goth, cuya impuesta frialdad hace que quede a la sombra de sus compañeros.