Mascletà disparada en las Fallas de 2023 con los colores de Ucrania. EFE/ Biel AliñoEn un mundo cada vez más saturado de conflictos, existe el riesgo de que unas crisis tapen a otras. Pero no deberíamos permitirlo. La escalada de tensión en Irán, con toda su gravedad, no puede servir de cortina de humo para ocultar lo que sigue ocurriendo en Ucrania. Allí, a las puertas de Europa, la guerra continúa cobrándose vidas, destruyendo ciudades y condenando a millones de personas a la incertidumbre.
Resulta preocupante comprobar cómo la atención internacional se desplaza con rapidez, casi con indiferencia, en función de los intereses estratégicos y mediáticos del momento. Mientras tanto, el sufrimiento humano permanece constante, invisible para muchos, pero insoportable para quienes lo viven.
La responsabilidad no es solo de los líderes políticos, incapaces en demasiadas ocasiones de ofrecer soluciones duraderas, sino también de una comunidad internacional que parece acostumbrarse al horror. La diplomacia no puede ser selectiva, ni la solidaridad intermitente.
Como sociedad, no podemos permitir que el foco cambie y con él nuestra conciencia. Ucrania sigue necesitando apoyo, atención y compromiso. Porque olvidar una guerra no la detiene; simplemente la hace más larga y más cruel.
Y eso, como humanidad, debería avergonzarnos.
Comparte la noticia
Categorías de la noticia