Blas Valentín. /EPDAEn los pueblos pequeños, las vidas suelen recordarse primero por la cercanía y solo más tarde —si es que llega ese momento— por su verdadera medida. Se acompaña a la familia, se repiten las fórmulas del duelo, se evoca la bondad de la persona, su trato, su presencia entre los suyos. Todo eso es justo, por supuesto. Pero no siempre basta. Hay vidas cuya pérdida exige algo más que el pésame: exige una forma de atención capaz de reconocer qué clase de inteligencia, de trabajo y de vocación se ha apagado con ellas.
Pienso en Arturo Lozano Aguilar. No fuimos íntimos, pero tampoco ajenos. Éramos de Casas Bajas y estudiamos la misma carrera, Filología Hispánica. De aquellos años conservo una escena mínima que vuelve ahora con una nitidez extraña: paseando por Valencia, me dijo algo que no he olvidado: “Tienes que salir y perderte por las calles; nadie nace enseñado”. Era una frase sencilla, pero ya contenía una forma de estar en el mundo: abrirse paso sin jactancia, aprender caminando, no hacer de la ignorancia un encierro.
Conservo aún algunos libros que me prestó, con su nombre escrito en la primera página. No es un detalle menor. Los libros que uno guarda de alguien tienen a veces una forma de persistencia más fuerte que muchas fotografías. Permanecen ahí, en silencio, como si siguieran diciendo algo sobre la persona que los eligió, los leyó o los dejó en otras manos.
Pero lo que importa aquí no es solo la memoria personal. Lo que importa es la dimensión de su trabajo. Arturo no fue simplemente un hombre culto de un pueblo pequeño ni un profesor estimado por quienes lo trataron. Una parte muy seria de su trayectoria estuvo dedicada al estudio del cine, de la memoria y de la representación del mal, y en particular a pensar el Holocausto, los campos de concentración y su traslación a la imagen.
Su trabajo sobre La lista de Schindler, publicado en 2001, no fue un gesto oportunista ni una derivación superficial del prestigio de Spielberg. Formaba parte de una dedicación más honda y sostenida a pensar la memoria del Holocausto a través del cine, una línea que años más tarde prolongaría también en su libro sobre Shoah, de Claude Lanzmann. Hay quien ve una película; hay quien además se pregunta qué hace esa película con la historia, con el dolor y con la conciencia del espectador. Arturo pertenecía a esa segunda estirpe.
No se trata solo de una impresión personal ni de una memoria de pueblo. Hace apenas unos días, la revista Archivos de la Filmoteca recuperó como homenaje uno de sus textos, “De Ohrdruf a Auschwitz. Un imaginario para el mal”, y recordó también su trayectoria en la propia publicación, donde fue secretario y jefe de redacción durante años. Ese gesto institucional basta por sí solo para confirmar la seriedad y la continuidad de su trabajo. No es casual tampoco que su nombre apareciera en el memorial de los Goya.
Tal vez por eso convendría recordarlo con una medida algo más alta que la del simple lamento. No solo porque su muerte fuera prematura, sino porque una vida así merece ser reconocida por lo que fue: una dedicación seria y sostenida al pensamiento y al cine. En tiempos dominados por la figuración rápida y el comentario efímero, una trayectoria como la suya no debería reducirse a la conmoción pasajera del duelo. Merece algo más raro y más difícil: justicia en la memoria.
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