Blas Valentín. /EPDACada día miles de personas se indignan desde el sofá.
Una noticia aparece en la pantalla, alguien escribe un comentario furioso, otro comparte una fotografía con un eslogan, y durante unos minutos parece que el mundo arde.
Después llega otra noticia, otro escándalo, otra indignación.
Pero esa misma indignación también circula fuera de las pantallas: en la sobremesa, en el trabajo, en el bar, en esas conversaciones donde siempre parece haber un culpable claro.
Nunca ha sido tan fácil indignarse.
Y quizá nunca ha sido tan inútil.
La indignación se ha convertido en una forma de comodidad moral.
No se trata, claro, de negar que haya motivos legítimos para indignarse. Los hay, y muchos: en ciertos casos, no hacerlo sería preocupante. Pero esa indignación rara vez es la que más ruido hace.
Indignarse da una sensación inmediata de lucidez y de superioridad: uno cree saber quién tiene la culpa, quién merece la condena, quién debería desaparecer del mapa.
La indignación permite algo muy cómodo: sentirse mejor que los demás sin tener que serlo.
Incluso otorga cierta reputación moral: quien se indigna con más fuerza suele parecer más lúcido, más comprometido, más digno y, sobre todo, más limpio que los demás.
Esa superioridad moral no exige nada.
No obliga a cambiar de vida, no implica riesgos ni altera nuestras costumbres.
Basta con escribir unas líneas, indignarse un momento en cualquier conversación o criticar con dureza a quienes no están presentes.
La vida pública está llena de indignaciones rotundas, de causas indiscutibles, de condenas inmediatas. Todo se juzga con rapidez y con seguridad.
Se parece a una lapidación moral: basta una frase desafortunada para que empiecen a volar las primeras piedras, casi siempre en nombre de la decencia.
Lo difícil ya no es encontrar culpables, sino encontrar a alguien que no tenga ya la piedra preparada.
Pero la indignación tiene una ventaja secreta: tranquiliza la conciencia sin exigir nada a quien se indigna.
Permite denunciar el mundo sin abandonar las comodidades que ese mismo mundo ofrece.
La indignación rara vez alcanza nuestras propias costumbres. Critica el mundo, pero no la manera en que nosotros mismos contribuimos a él.
Hace posible sentirse rebelde sin renunciar a ninguna comodidad. Y cuando se contagia, se transforma en presión colectiva: el juicio poderoso e intimidante del grupo, rara vez sereno.
Mientras tanto, nuestras costumbres siguen intactas. Seguimos consumiendo lo mismo, viviendo de la misma manera, aceptando las mismas contradicciones. Cambiar el mundo es demasiado complicado; indignarse, en cambio, está al alcance de cualquiera.
De ahí su éxito.
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