La reciente imagen de Pilar Bernabé, Diana Morant y Rebeca Torró, convertida por las redes en una caricatura política y bautizadas irónicamente como “las tres brujas de Pedro Sánchez”, resume con precisión el desconcierto que vive hoy el socialismo valenciano. Con escobas en mano y sonrisas amplias, piden el voto en la Comunitat Valenciana al mismo tiempo que su propio espacio político atraviesa uno de los momentos más contradictorios y tensos de su historia reciente.
El problema no es la fotografía, ni el atrezzo, ni siquiera el intento de transmitir cercanía. El verdadero problema es la incongruencia: mientras estas tres representantes del PSOE valenciano reclaman participación y confianza, su líder nacional se aferra al poder mediante maniobras que han erosionado gravemente la credibilidad del proyecto que ellas dicen defender. Resulta difícil pedir respaldo ciudadano cuando la dirección del partido parece funcionar con un doble rasero: transparencia para unos, opacidad para otros; exigencia hacia fuera, pero indulgencia absoluta hacia dentro.
Pilar Bernabé insiste en que el PSOE es la garantía de estabilidad, pero cuesta sostener ese mensaje cuando la propia organización vive instalada en la excepcionalidad permanente, con decisiones políticas que parecen más reactivas que estratégicas. Diana Morant habla de modernidad y progreso, pero la puesta en escena del partido revela una resistencia férrea a asumir responsabilidades o reconocer errores. Y Rebeca Torró, siempre diligente en repetir el argumentario oficial, se enfrenta al mismo dilema: pedir confianza cuando los cimientos del relato están agrietados.
No es cuestión de coincidencias estéticas ni de metáforas fáciles. Es cuestión de coherencia. De si se puede construir un discurso de renovación mientras se sostiene un liderazgo que ha convertido la agenda política en una suerte de supervivencia personal. De si se puede exigir movilización ciudadana mientras se desoye el malestar interno y se ignoran las señales de desgaste externo.
La foto aspiraba a ser simpática. Pero termina siendo simbólica: tres dirigentes intentando barrer dudas, críticas y contradicciones bajo la alfombra roja de un eslogan electoral. Y la ciudadanía, que ya no se conforma con gestos ni escenografías, observa la escena con creciente distancia.
Porque al final, más que pedir el voto, lo que deberían hacer es recuperar la coherencia. Sin eso, ninguna escoba, por más grande que sea, podrá limpiar el desorden político que han contribuido a generar.
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