Los mayores fallos se reportan en la red móvil de la compañía. /EPDA
Darse de baja de un servicio de telefonía o internet debería ser un trámite sencillo: avisas, devuelves los equipos y listo. Sin embargo, para muchos usuarios se ha convertido en una auténtica carrera de obstáculos. Lo que empieza con la decisión de cambiar de compañía termina, a menudo, con una desagradable sorpresa: la obligación de devolver el router físicamente en una oficina de Correos o en una tienda concreta, so pena de recibir un cargo que puede llegar a los 150 euros.
La mayoría de operadoras siguen el mismo patrón. Una vez solicitas la baja, te envían un SMS con un código necesario para gestionar la devolución del equipo. En teoría, este mensaje facilita el proceso; en la práctica, puede complicarlo aún más. ¿El motivo? Si el cliente ha dado de baja la línea móvil asociada, o si ya ha portado su número a otra compañía, ese SMS —vital para completar el trámite— no llega nunca. El usuario se encuentra atrapado en un limbo burocrático: la empresa exige la devolución, pero no proporciona las herramientas efectivas para realizarla. Cuando contratas el servicio van a tu casa, te llevan el router, te hacen la instalación y hasta te sonríen, pero todo es muy diferente cuando quieres romper.
El resultado es un desfile de molestias. Llamadas al servicio de atención al cliente que se alargan eternamente, instrucciones contradictorias, falta de alternativas y la sensación creciente de que el proceso está diseñado más para disuadir que para ayudar. Muchos clientes explican que, aun intentando devolver el router por iniciativa propia, la empresa rechaza el paquete si no figura el famoso código. Otros descubren tarde que el plazo para entregarlo era muy limitado y que la penalización ya está aplicada en su factura final.
Esta práctica genera una pregunta legítima: ¿por qué, en plena era digital, no existe un sistema más transparente y sencillo? En otros países europeos, las compañías envían directamente un mensajero para recoger los equipos o permiten la devolución sin códigos adicionales, identificando al cliente con su DNI o número de contrato. Aquí, en cambio, el consumidor es quien asume la carga logística, la pérdida de tiempo y el riesgo económico.
No se trata solo de una molestia menor: afecta a miles de personas cada año y evidencia un desequilibrio entre empresas y usuarios. Mientras se promueven contratos y altas con un clic, las bajas siguen ocultando trabas que, en ocasiones, rozan lo abusivo.
Quizá ha llegado el momento de que las autoridades de consumo revisen estas políticas y exijan a las operadoras procedimientos de devolución más simples y accesibles. Porque una baja no debería convertirse en una trampa, y mucho menos en una factura sorpresa.
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