Blas Valentín. / EPDA
Hay gente que todavía habla de la escuela pública como quien habla de la sanidad pública, del barrio, del transporte o de la igualdad de oportunidades: con tono de convicción y léxico de principios. Lo común, se nos dice, hay que defenderlo. La mezcla social, la convivencia, la diversidad, el ascensor democrático. Todo eso queda muy bien dicho. Todo eso suena muy bien mientras el hijo es una abstracción.
El problema empieza cuando deja de serlo.
Entonces la retórica se corrige. Ya no se habla de principios, sino de circunstancias. Ya no se invoca la igualdad, sino el futuro del niño. Ya no se condena la huida hacia lo privado: se lamenta. Y en ese lamento aparece una de las verdades menos cómodas de nuestro tiempo: casi todos quieren lo público, pero no del todo para los suyos.
No siempre se trata de hipocresía. A veces basta con una excepción. Se reconoce en teoría el valor de lo común, pero se suspende esa convicción cuando entra en juego la propia descendencia. El padre o la madre siguen pensando, votando, escribiendo y opinando lo correcto. Solo que, llegado el momento decisivo, eligen otra cosa. Y esa excepción suele tener forma de colegio, de barrio, de idioma, de círculo social.
A eso se le llama responsabilidad. Y en parte lo es.
No hay nada más revelador que ver cómo se habla de igualdad en abstracto y cómo se decide en concreto. En abstracto, casi todos son partidarios de una educación pública fuerte, digna y capaz de integrar diferencias. En concreto, demasiados buscan un lugar donde el aula no incomode, donde el nivel no baje, donde la mezcla no apriete. Desde la tribuna se defiende una cosa; en la matrícula se elige otra.
El problema, además, es real. La educación pública arrastra deterioro, burocracia, pérdida de exigencia y una mezcla de impotencia y propaganda pedagógica. El lenguaje del rigor funciona demasiadas veces como coartada para vaciar el contenido, y la escuela pretende salvarse a base de quitarse precisamente lo que la hacía escuela. Pero precisamente por eso conviene hablar claro: cuando quienes más capital cultural tienen se apartan de lo común con pena bien escrita, no corrigen el problema. Lo certifican.
Ahí entra la palabra sin peso.
No la mentira abierta, sino otra cosa más útil: la palabra que amortigua. La que permite seguir defendiendo lo común mientras se toma cierta distancia respecto a ello. La que no niega del todo la contradicción, pero la vuelve habitable.
Una comedia reciente ha sabido ver mejor que muchos discursos pedagógicos ese miedo de clase que se disfraza de responsabilidad. No es solo afán de prestigio. También es temor al descenso. Miedo a que el hijo no ascienda, no destaque, no salga indemne de la mezcla. Se lo reviste de preocupación, de amor, de cuidado. Y algo de eso hay, por supuesto. Pero el amor a los hijos no vuelve menos clasista una decisión: solo la vuelve más fácil de justificar.
Por eso el asunto no es solo educativo. También es moral. Hay una diferencia entre reconocer una contradicción y convertirla en cobertura. Entre describir una herida y quedar a salvo dentro de ella. Lo difícil no es escribir bien sobre la desigualdad. Lo difícil es no escribir desde un lugar demasiado protegido frente a aquello que se describe.
A la hora de la verdad, casi nadie quiere para su hijo la intemperie que considera pedagógicamente saludable para los demás.
Lo común gusta mucho más en teoría que en la hoja de matrícula.
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