Blas Valentín. / EPDAEn el instituto, a primera hora, sus caras lo dicen todo. No importa el curso: hay tensión, hay ansiedad, hay algo que no encaja. Los ojos van y vienen con prisa, como si hubiera que llegar a algún sitio, aunque nadie sabe a dónde. A veces pienso que el sistema educativo, y no solo él, se ha convertido en una forma de huida. Huir de la pausa, del silencio, del aburrimiento, de todo lo que podría llevarnos a pensar.
Vivimos atrapados en la aceleración. Como si parar fuera peligroso. Como si detenerse fuera una derrota. Se nos exige producir, decidir, avanzar. Pero avanzar, ¿hacia dónde? La mayoría no lo sabe. Solo sigue. Corre por no quedarse atrás. Y en esa carrera perdemos casi todo: el juicio, la calma, la capacidad de matizar.
El matiz no está de moda. Lo ambiguo molesta. Lo que no se posiciona rápido parece cobarde. O, peor aún, sospechoso. En lugar de escuchar, etiquetamos. En lugar de pensar, reaccionamos. Y en esa reacción perdemos humanidad. Porque ser humano no es gritar lo primero, sino saber callar, incluso ante uno mismo.
No se trata de renunciar a tener opinión. Se trata de saber que hay momentos en los que la opinión no sirve. Que hay dolores que no se curan con un tuit ni con una pancarta. Que hay decisiones que no caben en una encuesta ni en una consigna. ¿Cuántos chavales viven hoy con la angustia de tener que estar seguros de todo? ¿Cuántos adultos viven en guerra consigo mismos porque no pueden permitirse dudar?
La verdadera indiferencia no es cobardía ni desgana: es temple. No la confunde quien ha vivido lo suficiente como para saber que perderse en cada sobresalto es perderse del todo. Lo sabían los estoicos: no todo merece ser sentido, no todo puede ocuparnos sin que algo más esencial se desmorone.
A diario cargamos cruces que no son nuestras, disputamos causas que no entendemos y nos dejamos zarandear por una épica barata. Convertimos en tragedia lo que apenas era molestia. Así malgastamos el pulso.
Pero no se trata de mirar el mundo con desdén, sino de elegir en qué batallas vale la pena sangrar. Ser indiferente a lo que importa es una forma elegante de la ruina moral. Hay heridas que reclaman nuestra voz, afectos que no se pueden abandonar sin perdernos a nosotros mismos.
El resto –el ruido, el apremio, la urgencia fingida– merece solo el gesto sobrio de quien se aparta. Porque sí, lo que de verdad importa cabe en una mano. Y aprender a reconocerlo no es debilidad, sino fuerza.
La indiferencia no es huida: es jerarquía. Y, a veces, también es dignidad.
Marco Aurelio escribió que uno vale tanto como aquello por lo que se afana. Afanarse por todo es perderse. Luchar cada batalla es acabar rendido. En tiempos de velocidad, cultivar el intervalo, la pausa, la distancia, es un acto de firmeza. Un gesto, si se quiere, viril. Porque no hay mayor muestra de fuerza que decidir en qué batallas no vas a entrar.
En el instituto, vuelvo al principio, a veces basta con mirar a los ojos de los alumnos para entender que lo que necesitan no es una respuesta, sino un respiro. Y uno mismo también. En medio del ruido, defender el silencio. En medio de la prisa, proteger el paso lento. En medio del caos, ensayar la indiferencia.
No para huir del mundo, sino para habitarlo con más dignidad.
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