Este sitio web utiliza cookies, además de servir para obtener datos estadísticos de la navegación de sus
usuarios y mejorar su experiencia de como usuario. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su
uso.
Puedes cambiar la configuración u obtener más información en nuestra política de cookies pulsando aquí.
Está demostrado que cuando el director Paolo Sorrentino (Il divo, La gran belleza, Silvio (y los otros), Fue la mano de Dios) pone delante de las cámaras a Toni Servillo, obtiene unos resultados excelsos, que han consolidado el prestigio del cineasta. Lo corrobora esta sátira política, si bien, conjuga la cara pública del protagonista con los aspectos personales. Los delicados dilemas morales a que se enfrenta permiten profundizar en la vertiente íntima, donde surgen circunstancias curiosas. El guion, que firma el propio realizador, constituye el otro pilar esencial del filme; proporciona varios episodios chispeantes y algunos emotivos.
Al presidente de la República italiana le queda poco para dejar el cargo y jubilarse. Desde que enviudó, el mayor apoyo, a todos los niveles, lo encuentra en su hija Dorotea. La brillante jurista ejerce de consejera y, justo en el momento que menos lo desea, le plantea unas cuestiones peliagudas, sobre las cuales debe decidir cuanto antes. Sin embargo, aprobar la ley que regula la eutanasia y conceder el indulto a dos presos condenados por los asesinatos de sus respectivas parejas podría generar un enorme revuelo. Consciente de ello, se lo toma con calma. Mientras, le quita el sueño el recuerdo del fugaz adulterio que soportó años atrás.
Se esfuerza en la descripción del veterano estadista Mariano De Santis, que adorna con unos sutiles matices cómicos. Nos lo presenta como un hombre moderadamente feliz, católico, nostálgico y amable; además fuma a escondidas porque lo tiene prohibido. El actor napolitano les confiere entidad y naturalidad a todas esas facetas, lo que le valió la Copa Volpi del Festival de Venecia. Cabría pensar que el relato, nada complicado, busca únicamente facilitar su lucimiento y, en cualquier caso, lo consigue.
A su lado, los distintos secundarios logran hacerse hueco, y gozan de unas apreciables intervenciones. Refuerzan el humor sarcástico que recorre la película. En ese sentido son buenos ejemplos la locuaz amiga de la infancia, un mandatario portugués o el mismísimo papa.
Se resiente de ciertos altibajos puntuales, que coinciden con pasajes melancólicos o reflexivos. Por el contrario, el inspirado epílogo permite que el espectador abandone la sala con una última sonrisa.
Respecto al resto del reparto, cabe destacar especialmente a Anna Ferzetti y Milvia Marigliano; ambas actrices se desenvuelven con soltura en unos roles complementarios perfectamente definidos.