Vista general del barranco del Poyo a su paso por Paiporta. EFE/Biel Aliño/ArchivoLos valencianos no tenemos quienes nos defiendan. Es una constatación amarga, pero innegable. Basta observar cómo se eligen nuestros representantes: por cuotas internas, por familias políticas o directamente desde los despachos de Madrid. Los nombres cambian, los colores también, pero el método es el mismo: los partidos se reparten el poder como si fuera un botín y la Comunitat Valenciana queda siempre en la cola, olvidada hasta la próxima campaña electoral.
Ningún partido ha hecho lo necesario para resolver la infrafinanciación que lastra a nuestra tierra desde hace décadas. Cada legislatura prometen que será la buena, y cada legislatura acaba igual: con los valencianos pagando más y recibiendo menos. Ni se plantean una estrategia común, ni muestran la más mínima voluntad de plantar cara a Madrid.
Compromís, que nació con la promesa de ser la voz valenciana en Madrid, ha demostrado ser absolutamente inútil. Sus votos sostienen a Pedro Sánchez y, sin embargo, ni una sola de las grandes reivindicaciones valencianas se ha hecho realidad. No se han ejecutado las obras preventivas que habrían evitado desastres naturales, no se ha librado la batalla política por una financiación justa y sigue bloqueada la recuperación del derecho civil valenciano. ¿De qué sirve tener diputados “valencianistas” si su principal lealtad no es a los valencianos, sino a la aritmética parlamentaria de la Moncloa?
La política valenciana se ha convertido en un juego de sillones, en un concurso de supervivencia interna donde lo importante no es servir al ciudadano, sino garantizar la próxima lista electoral. La estrategia, el postureo y las redes sociales pesan más que la gestión. Muchos de nuestros políticos no han trabajado en su puñetera vida fuera del partido, y eso se nota: viven desconectados de la realidad, del autónomo, del agricultor, del pequeño empresario, de quien madruga y paga impuestos esperando algo a cambio. Alimentan su continuidad atacando al oponente y se olvidan que por su culpa, por no haber antepuesto los intereses de los valencianos sobre su genuflexión partidista parlamentaria, la Dana causó demasiado dolor; había proyectos pero se dejaron en cajones porque lo importante era la amnistía, contentar a vascos y catalanes, y seguir en la poltrona.
Mientras tanto, la Comunitat sigue esperando su turno. Esperando justicia, inversión, respeto. Pero ese turno nunca llega, porque nadie lo defiende de verdad. Y quizás ya va siendo hora de que los valencianos despertemos y reclamemos, con voz firme, lo que es nuestro. Porque si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará.
Si Jaume I levantara la cabeza…
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