Detalle de un monitor instalado en el Teatro Real que muestra el segundo cuarto premio que ha recaído sobre el número 25.508. EFE/Chema Moya
Cada 22 de diciembre millones de españoles cantan premios, brindan con cava barato y sueñan durante unos segundos con una vida mejor. Pero hay un ganador que nunca falla, que no necesita suerte ni niños de San Ildefonso: Hacienda. Y además de lo que ganan por la venta de décimos, se lleva un 20% del botín.
Ese 20% no estaba ahí por tradición ni por necesidad divina. Lo implantó Montoro, en plena época de tijeretazos, con la excusa de “modernizar” la fiscalidad del premio. Desde entonces, cada décimo agraciado viene con una mordida automática, sin emoción, sin sorteo y sin villancicos a partir de los 40.000€. Lo curioso es que el Estado ya gana miles de millones con la venta de décimos, pero aun así decide meter la mano otra vez en el bombo. Porque nunca es suficiente.
Mientras tanto, los loteros, los de carne y hueso, los que abren la persiana todos los días del año y dan la cara cuando el décimo no toca, siguen con comisiones ridículas. Ellos ponen el local, la paciencia y la ilusión ajena… pero el reparto de premios no les sonríe ni por casualidad. Si alguien debería ganar más en este negocio, no es el fisco, sino quien lo sostiene en la calle. Fiasco.
Y luego está el precio del décimo, anclado en los 20 euros como si el tiempo no pasara. Seamos serios: todo sube —la luz, el pan, el café y hasta el pesimismo—, pero el décimo sigue congelado. Subirlo a 25 euros sería razonable si se hiciera con sentido común y con una mejora real del sorteo. El problema es que ahora pagamos 20… para que Hacienda cobre como si valiera 30.
Porque si algo clama al cielo es el premio. Cuatrocientos mil euros al décimo suenan muy bien hasta que llegan los impuestos y la realidad. En 2025, con viviendas imposibles y precios disparados, eso ya no es “ser rico”, es apenas respirar sin ahogarse. Un premio digno debería estar entre 800.000 euros y un millón por décimo, para que ganar la lotería vuelva a significar un cambio de vida y no solo un alivio temporal.
La lotería de Navidad se vende como ilusión, pero se gestiona como recaudación. Si el Estado quiere seguir siendo el gran organizador del sorteo, debería empezar por dejar de comportarse como el principal beneficiado. Menos mordida fiscal, más premio real, mejores condiciones para los loteros -su comisión por décimo no llega al euro- y un sorteo que vuelva a emocionar de verdad.
Porque ahora mismo, la única certeza es esta: si toca, Hacienda siempre gana. Y eso, por muy tradicional que sea la lotería, no hay quien lo cante con alegría.
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