Rafael Escrig.
Como tantos otros
viernes por la tarde, pasé un par de horas sentado en la terraza de mi
cafetería favorita. Un café del tiempo me acompañó los primeros minutos hasta
que consumí entre mis dientes el último cubito y la rodaja de limón. El resto
del tiempo fue para el periódico. Una por una fui leyendo todas las noticias:
la consulta de Escocia, la polémica llamada a Antena 3 de Pedro Sánchez, la
ley de consultas catalana, el aplazamiento de la ley del aborto, el recién
terminado cuadro de Antonio López…
Cuando terminé la
lectura, después de hojear con desgana las páginas deportivas, la cartelera
de espectáculos y los indispensables anuncios publicitarios, principal fuente
de financiación de la prensa, cerré el periódico, subí los brazos cruzándolos
por detrás de la cabeza, en ese gesto de desahogo que realizamos para estirar
los músculos y respirar profundamente. La nueva postura me llevó la vista
hacia arriba y el cambio fue tan brusco y tan gratificante que aún siento la
sensación en mi memoria. Vi la extensa copa del almez y el extremo cimbreante
del ciprés vecino. Un magnolio y tres washingtonias se recortaban elegantes e
increíblemente erguidas sobre un magnífico cielo azul claro, como de lápiz
Alpino, mientras un inmenso fondo de desgarradas nubes inusitadamente blancas,
convertían el cielo en un cuadro de Tintoretto o del Veronés, con esos azules
tan diáfanos, tan luminosos. La sensación causada, se podría encuadrar en eso
que llamamos “un momento mágico”: Casi dos horas sin levantar la vista del
periódico y, de repente, la visión de lo que había estado encima de mí todo el
tiempo esperando que, por un azar, levantara la vista…
Y es lo que yo he
pensado muchas veces, y después olvido: Por qué no miramos un poco más hacia
arriba, por qué no levantamos la cabeza y disfrutamos con el remate de los
edificios, con las copas de los árboles, con las vistosas flores que hay en ese
balcón del tercer piso, con el cielo cambiante de formas, nubes y colores. Todo
está ahí para ser degustado, y nosotros nos empeñamos en mirar hacia ese suelo
gris, tan conocido, tan previsible. Parece que preferimos lo sucio, vulgar y
conocido antes que perder la vista hacia el horizonte o levantarla en busca de
ese momento mágico que nos espera detrás de cada mirada.
Claro, todo esto es
válido para los espacios abiertos. No suele ser lo mismo en nuestras casas; no
tan romántico. Lo único que podríamos descubrir es una grieta en el techo o una
pequeña telaraña en una esquina.
Me ocurrió el otro
día:
-¿Has visto esa
grieta de ahí arriba? –le dije asustado a mi mujer.
-Claro que la he
visto, y cada vez está más grande. Te lo vengo diciendo desde el año pasado,
pero como nunca me haces caso…
Esto me ha enseñado que sólo se
puede levantar la mirada a cielo abierto, en casa es todo un peligro. De momento,
lo único que se me ocurre es que tengo que hacer más caso a mi mujer y mandar
que reparen las grietas para evitar esos otros momentos no tan mágicos.
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