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Esta fantástica producción vuelve sobre unos hechos históricos ya recreados por Stanley Kramer en Vencedores o vencidos (1961). Sin embargo, James Vanderbilt (La verdad) cambia la perspectiva y se centra fundamentalmente en los días previos al inicio de los famosos juicios celebrados tras la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de su antecesora, tampoco estamos ante una película coral; cuenta con dos protagonistas perfectamente definidos a los que acerca y enfrenta en un duelo psicológico extraordinario. La impecable dirección artística y unos actores magníficos, con nombres destacados incluso en roles secundarios, ensalzan las virtudes del guion.
Al término de la contienda, los altos mandos estadounidenses reclaman los servicios del psiquiatra militar Douglas Kelley. La delicada misión que le encomiendan será esencial para juzgar a los gerifaltes nazis en Núremberg. Debe diagnosticar su estado de salud mental, disipar posibles ideas suicidas y recabar argumentos que faciliten las acusaciones de los fiscales aliados. El más importante es, sin duda, el mariscal Hermann Göring, el brazo derecho de Hitler, que estaba llamado a sucederle. Conforme lo trata va surgiendo una inesperada y aparente confianza mutua bajo la que subyacen propósitos opuestos.
Los preámbulos responden a un firme pulso narrativo que nunca decae. El primer encuentro del médico con su ilustre paciente capta toda la atención. Construye con tacto esa relación que termina trascendiendo a terrenos personales, generando mayor interés si cabe.
La parte final, dedicada a las vistas judiciales, se ciñe a los pasajes clave, puesto que duraron varios meses. Así, recupera el escalofriante momento en el que se proyectaron unas aterradoras imágenes del Holocausto.
El filme no mira solo al pasado, porque son muchos los aspectos, algunos bastante evidentes, que encuentran una inmediata transposición en los convulsos tiempos actuales.
El epílogo, aun siendo prescindible, se adentra en cuestiones particulares y aporta un testimonio emotivo; no obstante, alarga el metraje, que alcanza los 150 minutos.
De sus excelencias técnicas conviene destacar la ambientación y la solemne banda sonora compuesta por Brian Tyler (Ahora me ves…).
Russell Crowe realiza la mejor interpretación que se le recuerda desde Gladiator. Borda los matices maquiavélicos del hábil manipulador al que encarna. Le aguanta bien el tipo Rami Malek (Bohemian Rapsody). Ambos brillan en las escenas que comparten. Completan el reparto unos solventes Michael Shannon, Richard E. Grant, John Slattery, Colin Hanks y el joven Leo Woodall (Bridget Jones: Loca por él).