Un hombre junto a varios coches arrastrados por el agua tras el paso de la dana en Paiporta EFE/ Biel Aliño
Hay palabras que, cuando no se convierten en hechos, pesan como una losa. Y demuestran la inacción política arrastrada durante décadas. En las zonas inundables -lo vimos en l’Horta Sud, La Ribera, la Hoya de Buñol-Chiva, Utiel-Requena, la Serranía, Camp de Túria y tres pedanías de Valencia- esas palabras son siempre las mismas: previsión, responsabilidad y, sobre todo, OBRAS PREVENTIVAS. Cada vez que el cielo se oscurece y la lluvia se prolonga más de dos días, como acaba de suceder el 27 y 28 de diciembre, el miedo vuelve a instalarse en hogares que ya han sufrido demasiado. No es miedo exagerado ni alarmismo: es memoria reciente, es experiencia vivida, es un dolor inmerecido. Llueve sobre mojado. Llueve sobre la memoria reciente del destrozo y la muerte.
La desgraciada y dañina riada del 29 de octubre de 2024 no fue un accidente aislado ni una fatalidad imposible de prever. Fue la consecuencia directa de años de abandono, de proyectos eternamente aplazados y de decisiones que nunca llegaron a ejecutarse. Obras preventivas habrían reducido los daños, habrían evitado escenas de pánico, habrían dado tranquilidad a miles de personas y, lo más importante, habrían evitado o reducido el número de víctimas mortales. Obras preventivas no prometen milagros, pero sí límites claros a la devastación.
Resulta indignante comprobar cómo, tras aquel golpe, bastan hoy un par de días de lluvia para que vuelvan las inundaciones y el temor. El agua regresa a las calles, los barrancos se desbordan y la gente revive la angustia como si el tiempo no hubiera pasado. Ese sufrimiento no es inevitable; es el precio de no haber actuado. Obras preventivas son la única forma de romper este ciclo de sustos recurrentes y desgracias anunciadas.
Es ridículo tener que ver a alcaldes y alcaldesas haciendo del hombre o la mujer del tiempo, del policía o reportero de tv en sus redes sociales. Se agradece el esfuerzo y el gesto, pero sus convencimos quieren hechos. Protección rea.
Se habla mucho de adaptación al cambio climático, pero se actúa poco donde más se necesita. Adaptarse no es resignarse, es intervenir. Significa limpiar cauces, ampliar drenajes, reforzar infraestructuras, ordenar el territorio y respetar la naturaleza. Significa invertir hoy para no llorar mañana. Obras preventivas son una inversión en seguridad, en dignidad y en futuro. Todo lo demás son excusas que se diluyen cuando el agua entra por la puerta.
Algunos argumentan que las obras son caras, molestas o impopulares. Lo que es verdaderamente caro es reconstruir una y otra vez. Lo que es insoportable es vivir pendiente del parte meteorológico. Lo que resulta impopular es abandonar a la gente a su suerte. Obras preventivas no generan titulares espectaculares cuando funcionan, pero su ausencia queda grabada a fuego en la memoria colectiva cuando fallan. Prevenir es curar. PREVENIR ES EVITAR DAÑOS Y MUERTES.
La reflexión final es tan sencilla como incómoda: sin obras preventivas no hay tranquilidad posible en zonas inundables. Sin obras preventivas, cada lluvia es una amenaza. Sin obras preventivas, el pánico se normaliza y el dolor se repite. Obras preventivas son la única forma de que la gente pueda vivir tranquila, sin sobresaltos, sin miedo y sin cargar con un sufrimiento que no merece. Dejen de hablar de salud mental, señores políticos. ¿Quién cuantifica el impacto del miedo?
Ya no faltan diagnósticos ni advertencias. Falta voluntad. Y mientras esta no llegue, el agua seguirá recordándonos, con crudeza, que las obras preventivas no pueden esperar más.
//
Comparte la noticia
Categorías de la noticia