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Estasemana se cumplían diez años de la matanza de Utoya, un hecho quedio lugar a la conmemoración, cada 22 de julio, del Día Europeo delas víctimas de crímenes de odio. Un aniversario que ojala notuviera que recordarse porque nunca hubiera existido.
Peroexistió, y no podemos olvidarlo. Y, lo peor de todo, una tiene lasensación que aquel odio que motivó la tragedia sigue estando en elaire. Y no solo en Noruega, un lugar donde parecía impensable quepudiera suceder algo así, sino mucho más cerca.
Sobreeste día hay algo que me ha preocupado mucho, muchísimo. Hepreguntado a varias personas jóvenes yno tenían idea de lo quepasó en Utoya o, a lo sumo, tenían una idea muy vaga. Su percepciónde los crímenes de odio remite al nazismo que han visto en laspelículas y les parece lejano. Y, si echamos un vistazo a lasencuestas del CIS sobre nuestras preocupaciones, la cosa pinta delmismo color.
Escierto que el asesinato de Samuel Luiz, cuya motivación homófobasigue gravitando en el aire, ha removido el avispero que nunca dejóde existir, un avispero que no admite a quien es diferente porcualquier razón. Pero también es cierto que existe el riesgo de quela preocupación dure lo que la actualidad de la noticia. Y eso esalgo que no podemos consentir.
Notodo el odio son asesinatos o palizas. No es tan evidente. Nadie selevanta un día de la cama con la idea de de cometer estos hechos sinque antes se haya alimentado este odio durante mucho tiempo. Y contraeso es, precisamente, contra lo que hemos de estar alerta.
Hoyquería invitar a la reflexión. Porque, aunque nos parezca algoajeno, todo el mundo tiene algo que decir, algo que hacer alrespecto. Cosas como condenar los chistes que se burlan de ladiferencia, evitar comportamientos excluyentes y revisar todos esosestereotipos que más de una vez reproducimos sin darnos cuenta o sindarles importancias.
Cuandode igualdad se trata, todo cuenta. Y todo cuenta porque la igualdades la única vacuna que acabará con la intolerancia y el odio.Recordemos, con Martin Luther King, que es más preocupante elsilencia de los buenos que el grito de los violentos. Y que, comodijo Galeano, “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendocosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. ¿A qué esperamos?