Paz Escrig. / EPDAEn 1932, Albert Einstein —quien conocía y admiraba a Sigmund Freud— fue encargado por el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, convocado por la Liga de las Naciones, de reflexionar sobre las condiciones de una paz duradera en Europa. En ese marco, Einstein le dirigió a Freud una pregunta directa: si existía alguna vía para liberar a la humanidad de la maldición de la guerra. Freud respondió partiendo de un punto decisivo: «el derecho es el poder de una comunidad», un poder que «se basa, en última instancia, en la violencia». En ese pasaje, explicaba que «la violencia es quebrantada por la unión, y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único”, pero sin sostener que la cultura y el derecho logren contenerla de manera efectiva. Advertía, sin hacerse ilusiones, que la inclinación agresiva es una disposición pulsional originaria e indestructible del ser humano, razón por la cual Freud opinaba que no es posible esperar una eliminación de la guerra.
Hoy Gaza nos devuelve esa pregunta. El ataque del 7 de octubre fue un acto de terrorismo. Sabían que Israel respondería con toda la fuerza. Su objetivo no era la victoria militar, sino desencadenar la reacción que vemos: la devastación de una población civil, convertida en mártires y símbolo político. Cuantas más víctimas, más odio, más reclutas, más poder.
El martirio es clave. Hamas no ve en su pueblo a víctimas, sino a mártires dispuestos a morir por Alá. En ese terreno, la negociación es imposible: la muerte es triunfo, la violencia, programa. ¿Podríamos hablar de una pulsión de muerte elevada a doctrina política?
Israel, en cambio, encarna lo que en el mundo árabe se ve como un cuerpo extraño: una democracia occidental en medio de sociedades teocráticas, regidas por la religión, constantemente sometida a una exigencia ética que no se aplica a otros países en conflictos armados similares, en un contexto excepcional. Mientras tanto, en Irán, Afganistán o Argelia, millones de mujeres siguen borradas de la vida pública, bajo normas que apenas les permiten mirar al mundo. ¿Dónde está la indignación global por ellas? ¿Alguna flotilla navegando hacia Irán?
La ONU, con discursos como los de Trump o Netanyahu, expone un realismo estratégico ineludible: o defendemos las democracias, con todos sus defectos, o dejamos que religiones ajenas a nuestra cultura impongan su lógica por el voto masivo. La pregunta por el derecho se vuelve entonces inevitable, no sin interrogar —desde el psicoanálisis— el hecho de que toda ley, en su origen, se anuda a lo divino, os invito a leer el texto de Sigmund Freud, Totem y tabú.
El victimismo se usa de manera selectiva: los muertos de Israel justifican la defensa; los muertos de Gaza alimentan la narrativa del martirio. Parte de Europa, en un gesto que cree humanitario, reconoce Palestina mientras se distancia de Israel, el único Estado democrático en la región.
Oppenheimer, recientemente emitida en televisión pública, es un símbolo oportuno. El hombre que creó la bomba atómica se debatió entre el deber estratégico y el horror moral. Hoy, Israel vive esa misma tensión: ¿qué significa defenderse cuando el enemigo convierte a sus propios civiles en escudos y mártires? La respuesta es incómoda, pero necesaria.
Freud advertía que la violencia siempre encontraría nuevos cauces. Organizaciones como Hamas usan a su propio pueblo como arma política. Cada misil no busca vencer militarmente, sino provocar la reacción que legitime su narrativa. Es el juego sucio más perverso, y les funciona.
Israel carga con la culpa, la condena y la sangre, mientras Hamas capitaliza el martirio. Pero debemos decirlo: deberíamos estar contentos de que Israel contenga en primera línea a un enemigo que no busca la paz ni el acuerdo, sino la aniquilación de todo lo que Occidente representa. Israel no lucha solo por su territorio; lucha también por nosotros. Mientras Occidente duda, mientras se centra la atención en un victimismo selectivo, Israel actúa como escudo frente a un extremismo que no reconoce fronteras ni leyes y que utiliza a su propio pueblo como arma política.
Y, para colmo, mientras España cancela contratos de venta de armas a Israel y mantiene una posición antibélica, la televisión pública programa Oppenheimer: una película extrema que no refleja la realidad, pero que consigue bombardear la percepción del público con miedo, miedo al horror atómico.
La pregunta de Einstein sigue viva: ¿por qué la guerra? Freud respondió que la guerra sería inevitable mientras existiera la pulsión de muerte. Hoy podemos preguntarnos: los buenistas que piensan que la guerra es evitable, fingiendo neutralidad, mientras otros hacen el trabajo sucio en nuestro lugar, ¿qué satisfacen?
Y no olvidemos que la guerra no solo ocurre en Gaza ni en el mundo. También se repite a pequeña escala en nuestras vidas: los roces entre hermanos después de la Navidad, las tensiones familiares que se arrastran año tras año, las batallas silenciosas en parejas o entre padres e hijos. La violencia forma parte del ser humano, como ya decía Freud, y el psicoanálisis ofrece un espacio donde estas pulsiones pueden ser escuchadas y sostenidas, sin necesidad de darles sentido ni justificarlas, simplemente para que cada uno pueda hacer con ellas.
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