Antonino Muñoz. / EPDAHay algo profundamente íntimo en una procesión. No es solo tradición, ni siquiera es únicamente fe. Es respeto. Es acompañar. Es estar, en silencio, cuando toca estar.
Por eso duele —sí, duele— ver cómo quienes tienen la responsabilidad de representar a todos deciden no hacerlo. Deciden no procesionar. Y hasta ahí, cada cual con sus decisiones. Pero lo que cuesta entender, lo que invita a la reflexión, es lo que viene después.
Porque mientras nosotros estamos en la calle, caminando junto a los vecinos y vecinas, otros parecen preferir el encuadre perfecto. El vídeo bien editado. La estética de lo que no se ha vivido. Como si la procesión pudiera simularse. Como si bastara con parecer, sin necesidad de ser.
El equipo de gobierno liderado por Darío Moreno ha encontrado en las redes sociales una forma curiosa de estar: sin estar. De participar: sin participar. De formar parte: sin formar parte.
Y uno se pregunta… ¿Dónde está la línea? ¿Dónde queda la coherencia? ¿Qué sentido tiene proyectar una imagen que no se corresponde con la realidad?
No es una cuestión de creencias. Es una cuestión de respeto. A una tradición, sí, pero sobre todo a un pueblo. A esa gente que cada año sale, que espera, que siente. Que no entiende de estrategias de comunicación, pero sí de gestos sinceros.
Porque mientras unos graban vídeos, otros caminan. Mientras unos simulan, otros acompañan. Y en esa diferencia, aparentemente pequeña, se esconde todo.
Nosotros elegimos estar. Estar de verdad. Estar en la calle, al lado de nuestros vecinos y vecinas, compartiendo cada paso. Porque creemos que representar a tu pueblo no es una pose, es un compromiso.
Y lo más sorprendente es el silencio posterior. Terminan las procesiones, se apagan los tambores, y aquí no ha pasado nada. Nadie lo señala. Nadie lo cuestiona. Nadie lo “afea”. Como si todo fuera normal. Como si no importara.
Pero importa.
Importa porque la política no debería ser un escenario donde todo vale. Importa porque representar a nuestros vecinos y vecinas implica estar con ellos, no solo parecerlo. Importa porque la confianza también se construye en estos pequeños —o no tan pequeños— detalles.
Nosotros elegimos estar. Sin filtros. Sin artificios. Acompañando, como siempre hemos hecho. Porque creemos que no hay mejor manera de representar a nuestro pueblo que compartiendo sus momentos, sus tradiciones y su sentimiento.
Y quizá la pregunta no sea quién procesiona y quién no. Quizá la verdadera pregunta es: ¿queremos representantes que vivan lo que muestran o que muestren lo que no viven?
Ahí está la diferencia. Ahí está todo.
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