Rubén Araque Rodilla. / EPDACada 19 de noviembre se abre una oportunidad silenciosa, pero urgente: pensar qué significa ser hombre en un mundo que avanza, pero que todavía arrastra ideas rígidas sobre la masculinidad.Este día no es una reivindicación de privilegios, sino un llamado a mirar de frente realidades que suelen quedar en la sombra.Los hombres también enfermamos, también tememos, también nos rompemos por dentro.
Pero durante décadas, se nos enseñó a ocultarlo. Por eso muchas enfermedades asociadas a la salud masculina, como cáncer de próstata, de testículos, o trastornos de salud mental, se diagnostican tarde, porque reconocer síntomas o pedir ayuda ha sido culturalmente interpretado como algo negativo. El silencio, en demasiados casos, se convierte en riesgo.
Además, a cierta edad, aparecen miedos que rara vez se nombran: el temor a la pérdida de vigor, a la inestabilidad laboral, a no cumplir expectativas sociales, al envejecimiento que avanza sin manual. Son inquietudes reales, profundas, pero pocas veces tratadas con la sensibilidad que merecen.
Los hombres seguimos cargando con el mandato de “ser fuerte”, incluso cuando la vida lo que nos pide a gritos es ser humanos.
En este punto, también es necesario reconocer algo: en muchos momentos de la historia, a los hombres se nos ha atribuido el privilegio de puestos de poder, responsabilidades laborales o lugares sociales por encima de la mujer. Esa realidad ha generado desigualdades profundas que aún hoy debemos trabajar para corregir.
Es cierto que las generaciones presentes y futuras debemos asumir el reto de avanzar hacia una sociedad más justa, igualitaria y que no repita patrones.
Deseo que la sociedad que hereden mis hijos no los excluya por el mero hecho de ser hombre o mujer. La igualdad debe construirse hacia adelante, no intercambiando discriminaciones, sino superándolas entre todas y todos.
Y aquí conviene hacer un reconocimiento necesario: mucho de lo que se ha avanzado en igualdad, convivencia y nuevos modelos de entender el género ha sido gracias al esfuerzo y trabajo decidido de las administraciones públicas, de entidades sociales y de la ciudadanía comprometida con los avances sociales. Ese esfuerzo conjunto ha permitido abrir espacios de diálogo, crear políticas inclusivas y generar conciencia donde antes no existía. Precisamente por respeto a todo lo logrado, es importante recordar que la igualdad no se mantiene sola; necesita reforzarse y evitar que retrocedamos o se revierta.
A esto se suman experiencias personales que también marcan a muchos hombres, como las rupturas de pareja. En un proceso de separación, muchos atraviesan soledades inesperadas, culpas no expresadas, identidades que se tambalean. Pero uno de los dolores más intensos, del que casi no se habla, es la distancia con los hijos cuando una relación termina.
La sensación de perder presencia, rutinas, abrazos; la dificultad para encontrar un rol estable en la nueva dinámica familiar, el miedo a convertirse en un visitante en la vida de aquellos a los que más se aman.
Hablar de todo esto no pretende victimizar al hombre, sino humanizarlo. Reconocer que detrás del género masculino hay vulnerabilidad, y que atenderla es un acto de responsabilidad.
Promover masculinidades más sanas implica permitir que ellos también expresen tristeza, preocupación, afecto, fragilidad. Que puedan pedir ayuda sin sentirse menos. Que puedan ejercer la paternidad de manera plena, incluso en medio de cambios dolorosos.
El Día Internacional del Hombre debería ser, sobre todo, un espacio de reflexión: dejar atrás modelos que les exigen callar lo que pesa, y abrir camino a una masculinidad más consciente, más libre y más empática. Una masculinidad que no oprime ni se reprime; que no compite, sino que acompaña; que no pretende ser invulnerable, sino real.
Porque los hombres también debemos ser nosotros mismos.
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