Susana Gisbert. / EPDADesde que yo recuerdo, había un clásico que seguía a las vacaciones navideñas. O, mejor dicho, dos. Uno era la famosa cuesta de enero. El otro, las rebajas. Una y otra eran cosas que sucedían año tras año y que siempre daban lugar a algún que otro reportaje en los informativos.
Pero hoy las cosas ya no son lo mismo. El mundo nos tiene en vilo con demasiados sobresaltos como para que dejen espacio en las noticias a un montón de personas, en su mayor parte de sexo femenino, lanzándose a la caza del mayor chollo.
La pregunta sería si es que estas cosas ya no pasan, o si ya no interesan. Y un poco hay de lo uno y lo otro. De una parte, la irrupción en el mercado de las ventas on line de plataformas low cost desdibuja bastante la cuestión, y, de otra, las rebajas no empiezan siempre al mismo tiempo, ni siquiera en el mismo sito. Y, además, vienen precedidas de días temáticos, como el tan famoso como inventado black Friday, con unas ofertas tan estupendas que lo de las rebajas se queda en una fruslería.
Así que se acabaron las imágenes de personas amontonadas en la puerta de grandes almacenes esperando que los abrieran el primer día de rebajas, como si fueran atletas a putos de salir disparados en busca del pódium. O, al menos eso parece, que nunca se sabe.
No obstante, las rebajas existen, aunque a veces no lo parezca. Por eso cometemos el deporte de riesgo de no comprar en diciembre aquello que tanto nos gusta porque algún listillo o listilla nos suelta aquello de “espera, que en unos días lo tienes a mitad de precio”. Y una cae, no se sabe muy bien si por convencimiento o por miedo a oír después esa otra frase propia de listilla o listillo “te lo dije”. Pero llega enero, y esa prenda que tanto anhelábamos ha desaparecido de las estanterías o, lo que es peor, solo sea quedado en su versión talla super mínima, para que encima nos sintamos culpables por el efecto polvorón.
De modo que, al final, una no sabe si es mejor que sigan existiendo las rebajas de toda la vida o sería preferible que las derogaran de una puñetera vez por decreto y nos dejaran soportar el mes de enero, con su dichosa cuesta, como mejor pudiéramos.
Mientras lo pienso, voy a darme un paseíto por las tiendas a ver si encuentro alguna ganga con la que dar en la cara al listillo o listilla. Ya informaré la semana que viene del resultado de mis gestiones.
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