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Desde Japón llega esta entrañable película llena de emociones. Aunque en el presupuesto argumental coincide con Familia (1996), la brillante ópera prima del director Fernando León de Aranoa, su tratamiento dista bastante. Toma una perspectiva diferente y recorre situaciones que delatan las inconfesables e íntimas carencias de las sociedades avanzadas. Aúna el melodrama y la comedia, sin perder nunca la sensibilidad que domina la cinta. Sorprende saber que se basa en experiencias reales.
Phillip Vanderploeg visitó Tokio para rodar el spot televisivo de un dentífrico y se quedó a vivir allí. Sin embargo, no ha tenido la suerte ni las oportunidades que buscó antes en Estados Unidos. Se siente perdido y fracasado, pero sigue intentándolo. Por eso, pese a las dudas iniciales, acepta el empleo que le ofrece Rental Family. Quienes contratan los servicios de esta agencia solicitan a alguien que se haga pasar por otra persona en su entorno. Deberá ejercer de novio, padre o periodista y resultar convincente.
Prioriza el prisma del actor sobre el de sus variopintos clientes, alternando momentos tristes y entrañables. Acierta a difuminar la fina línea que separa la interpretación de la realidad, y traslada al espectador los dilemas morales del protagonista.
Nos habla de la soledad, un problema cada vez más extendido. Lo relaciona con las necesidades afectivas, el desarraigo y la satisfacción que proporciona ser útil a los demás. El humor y los buenos sentimientos matizan eficazmente la melancolía de los casos en que se centra.
Aun abordando unas circunstancias fácilmente identificables en nuestro ámbito, explota con ironía el choque de culturas. El carácter oriental adquiere un papel decisivo hasta en los pequeños detalles. Además, el peso del pensamiento tradicional, la estigmatización de las enfermedades mentales y la homofobia latente surgen como una tímida denuncia.
Depara algunos acontecimientos imprevisibles y cuenta con unos secundarios bien perfilados. Liga sus respectivos desenlaces de forma conmovedora y remata el filme con un simpático epílogo.
Igual que hiciera en La ballena (The Whale) (2022), Brendan Fraser vuelve a desplegar su mejor oficio. Cuesta resistirse a la ternura, bondad y compromiso que transmite. El resto del reparto, conformado por nombres poco conocidos internacionalmente, no desentona en absoluto.