Gabriel Rufián reclama unidad a la izquierda. /EPDAEn política, como en la vida, conviene ser coherente. Pero en el caso de Gabriel Rufián y Esquerra Republicana de Catalunya, la coherencia parece un bien escaso. Mientras se envuelven en la bandera de la izquierda transformadora y apelan a la unidad de las fuerzas progresistas a la izquierda del PSOE, practican al mismo tiempo el viejo refrán: a Dios rogando y con el mazo dando.
Resulta llamativo que un independentista catalán reclame fraternidad y alianza estratégica con partidos de ámbito estatal para frenar a la derecha, mientras su hoja de ruta sigue pasando por debilitar el propio proyecto común del Estado y beneficiar a los catalanes perjudicando al resto. Muy poco progresista, a mi entender. No se puede pedir una cosa y trabajar para la contraria. O se apuesta por la construcción compartida o se insiste en el relato de la ruptura.
En paralelo, Pedro Sánchez recibe a Oriol Junqueras para negociar un nuevo trasvase de gestión económica hacia Cataluña. Más competencias, más capacidad recaudatoria, más cesiones. Todo en nombre de la estabilidad parlamentaria. El Gobierno habla de diálogo institucional; ERC lo vende como avance hacia mayores cotas de autogobierno. Cada cual interpreta la partitura según su interés.
Pero el debate de fondo no es técnico, es político. ¿Se está construyendo un modelo más eficiente para todos los españoles o se está alimentando un trato singular que tensiona la igualdad entre territorios? La izquierda no puede convertirse en un cajón de sastre donde cabe todo, incluso quienes no creen en el proyecto común.
La ciudadanía merece claridad. Si se pretende una alianza de progreso, que sea desde la lealtad constitucional y la solidaridad interterritorial. Lo contrario es simple tacticismo: discurso de unidad en Madrid, estrategia de diferenciación en Barcelona. Y así, difícilmente se fortalece ni la izquierda ni España.
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