Rafael Escrig.
Mi amigo Pepe, me critica
que salgo poco de casa. Tiene razón; salgo poco.
Mi amigo Pepe, sale a
primera hora –se le cae la casa encima- y hace cien cosas antes de volver. Va
con el autobús o andando. Yo ando poco. Él prepara una excursión cualquier fin
de semana a los lugares más insólitos y desconocidos de la geografía nacional.
Yo no salgo de excursión hace muchos años.
Mi amigo Pepe, los sábados
desayuna en la calle chocolate con churros –yo nunca lo he hecho- y después se
va al Mercado Central. Yo salgo a media mañana y compro en Mercadona.
Él me explica que necesita
vivir al aire libre y tener espacios abiertos por delante, que le dé el viento
en la cara –me dice. Supongo que todo eso está muy bien, pero yo no tengo esa
necesidad; nada de eso echo en falta. ¿De qué se trata, pues? De salir de casa
o no salir. Esa es la cuestión, como diría el príncipe de Dinamarca.
Mi amigo Pepe, sale de casa
porque lo necesita. Yo, en casa encuentro todo lo que necesito. Se trata, pues,
de un encierro voluntario.
Xavier de Maistre, en 1794,
nos dejó un libro titulado “Viaje alrededor de mi habitación” en el que relata
su experiencia vital a raíz del confinamiento en su casa, lo que ahora diríamos
“en arresto domiciliario”, durante cuarenta y dos días, por haberse batido en
duelo. Los hechos ocurrieron en la ciudad piamontesa de Turín. Lo que nos
cuenta Maistre, de forma autobiográfica, son las reflexiones del personaje
desde la obligada reclusión en su habitación. Comienza describiendo el
escritorio que tiene delante, los cuadros, la cama, los muebles, las paredes,
los retratos, los libros y, poco a poco, se percata de que desde allí está
unido a todo el Universo. El viaje también es de introspección hacia su
interior.
Hacia la mitad de la narración
nos señala que “No acabaría nunca si me pusiera a describir la milésima parte
de los sucesos singulares que me pasan cuando viajo por mi biblioteca; los
viajes de Cook no son nada en comparación con mis aventuras en este solo
distrito”.
Y ya, terminando, cuando el
cautiverio llega a su fin, apunta: “Hoy es el día en el cual ciertas personas
de las cuales dependo, pretenden volverme a la libertad, como si me la hubieran
quitado, como si estuviera en su poder arrebatármela un solo instante e impedirme
recorrer a mi antojo el vasto espacio siempre abierto ante mí. Me han prohibido
ir y venir en esta ciudad, pero me han dejado el universo entero; la inmensidad
y la eternidad están a mis órdenes.
¿Era acaso para castigarme
por lo que me habían relegado en mi cuarto, en esta comarca deliciosa que
encierra todos los bienes y todas las riquezas del mundo? Tanto valdría
desterrar a un ratón en un granero”.
Mi amigo Pepe seguirá
saliendo y recorrerá exposiciones y mercados y fiestas y conocerá nuevas rutas
y visitará bodegas y pueblos y puentes y montañas y viajará por valles y
comarcas, por sendas y cañadas y soñará con el mar océano abierto y sin medida
y con el cielo estrellado y nadie le encontrará en su casa cuando llamen y a mí
me contará por donde ha estado y me dirá ¿por qué no sales? Y yo estaré
encerrado en mi universo vasto y placentero, pensando o escribiendo sobre todos
esos viajes y todos esos mundos que él me cuenta una y otra vez.
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