Pere Valenciano. / EPDA
Las redes sociales nacieron como plazas abiertas para conversar, compartir y acercarnos unos a otros. Hoy, sin embargo, muchas se han convertido en auténticas trincheras digitales donde se dispara primero y se piensa después. O, peor aún, ni se piensa.
El fenómeno es tan evidente como preocupante: en demasiados muros y perfiles, especialmente los de dirigentes políticos, ya no importa lo que se dice, sino quién lo dice. Si el autor milita en el mismo partido o se le presupone la misma ideología, recibe aplausos, felicitaciones y difusión automática. Si no, llegan los insultos, el desprecio y la descalificación personal. Sin matices. Sin diálogo. Sin posibilidad de construir puentes. O el silencio y el ninguneo.
El ejemplo más revelador es casi trivial: mira quién felicita un cumpleaños en la cuenta de cualquier político. Verás siempre los mismos nombres, los mismos colores, las mismas señales de identidad. No hay sorpresa. No hay transversalidad. La cortesía mínima, ese gesto humano que debería escapar de la lógica partidista, queda atrapada en el mismo cerco ideológico que todo lo demás.
Las redes, en lugar de unir, están reforzando comunidades cerradas, auténticas sectas emocionales, políticas y partidistas, donde sólo se escucha lo que confirma la propia visión del mundo. Y cuando dejamos de escuchar a quien piensa distinto, o directamente le atacas, dejamos también de comprenderlo. Y, con el tiempo, dejamos de considerarlo un igual.
Urge recuperar el espacio común. Urge volver a conversar sin uniformes ni etiquetas. Urge —y no es exagerado decirlo— reaprender a convivir.
Porque una sociedad que sólo habla consigo misma deja de avanzar. Y una democracia sin puentes es, simplemente, más frágil.
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