La falla municipal es consumida por el fuego durante la cremà de las Fallas 2024. EFE/Biel Aliño
Si los valencianos fuésemos igual de reivindicativos que festivos, otro gallo nos cantaría. Sabemos organizarnos durante meses para levantar monumentos efímeros que arden en una noche, llenar las calles de pólvora, música y orgullo, o convertir cualquier pueblo en el centro del mundo durante sus fiestas. Somos capaces de lo extraordinario cuando hay emoción, tradición y sentimiento compartido. Pero cuando se trata de defender lo que determina nuestro futuro —infraestructuras, financiación justa, protección frente a catástrofes o derechos propios— esa unidad se diluye.
La reciente historia nos ha recordado, con dolor, que las inversiones no son un capricho, sino una cuestión de seguridad y dignidad. Barrancos abandonados, obras hidráulicas eternamente pendientes, infraestructuras prometidas y nunca terminadas. Sabemos que muchas desgracias se agravan cuando la prevención no llega a tiempo. Y aun así, como pueblo, reaccionamos más con resignación que con presión sostenida.
También arrastramos una financiación insuficiente que condiciona la sanidad, la educación y los servicios sociales. Nuestros profesionales hacen milagros, pero el esfuerzo individual no puede sustituir eternamente la falta de recursos estructurales. Mientras tanto, nuestros agricultores sobreviven entre precios injustos, competencia desleal y decisiones tomadas lejos de sus campos. Somos tierra emprendedora, creativa y trabajadora, pero demasiadas veces dejamos que cada sector luche solo.
Quizá nuestro mayor problema no sea la falta de talento ni de capacidad, sino de ambición colectiva. Somos profundamente individualistas: defendemos con pasión lo nuestro, pero nos cuesta dar el paso hacia un “nosotros” más amplio. Otros pueblos de España han entendido que la reivindicación constante, firme y transversal es la única forma de ser escuchados. No es cuestión de confrontación, sino de autoestima.
Nos sentimos orgullosos de ser valencianos, pero ese orgullo se expresa mejor en la fiesta que en la exigencia cívica. Nos movilizamos con facilidad para celebrar, pero no con la misma fuerza para reclamar lo que nos corresponde. Y sin embargo, cuando hemos ido unidos, hemos demostrado que somos imparables.
Si los valencianos creyésemos en nosotros mismos con la misma intensidad con la que creemos en nuestras tradiciones, seríamos una de las voces más influyentes de España y Europa. No nos falta capacidad, nos falta convicción compartida. Menos ofrendar y más exigir. Porque el día que entendamos que reivindicar no es quejarse, sino construir futuro, dejaremos de esperar y empezaremos a decidir.
Si Jaime I levantase la cabeza…
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