Josu Imanol Delgado y Ugarte. /EPDA
Aunque en el contexto actual pueda parecer una propuesta difícil de materializar, especialmente en un entorno donde ganan peso las corrientes que abogan por el decrecimiento económico, la posibilidad de reactivar de forma equilibrada la economía global sigue siendo viable.
Pues existe una opción potencial para dinamizar económica y financieramente los mercados de los países en desarrollo mediante la integración de estos en los circuitos productivos globales, incluyendo la absorción de parte de los excedentes de producción generados en las economías más avanzadas. Dichos excedentes pueden interpretarse como uno de los factores que contribuyen a las tensiones económicas actuales, tanto en los países desarrollados como en aquellos con menor nivel de industrialización. Dejando al lado la causa del problema económico actual derivado de la cadena de suministro.
Las dificultades que afectan a los países tradicionalmente denominados “tercer mundo” trascienden hoy sus propias fronteras. De hecho, esta denominación resulta imprecisa y cuestionable desde un punto de vista ético, ya que implica una jerarquización entre sociedades que no se corresponde con la interdependencia real existente. En un mundo profundamente interconectado, las diferencias económicas no justifican ninguna forma de supremacía, sino que ponen de relieve la necesidad de cooperación estructural.
La creciente interdependencia global se manifiesta con claridad en múltiples ámbitos. No solo los acontecimientos económicos, como por ejemplo las fluctuaciones en grandes mercados financieros, tienen repercusiones inmediatas a escala mundial, sino también fenómenos como la propagación de enfermedades infecciosas, facilitada por la intensa movilidad de personas y mercancías. Estos ejemplos evidencian que los desafíos actuales son compartidos y requieren respuestas coordinadas para desarrollar estas Sociedades.
En este contexto, resulta imprescindible abordar las causas estructurales que dificultan el desarrollo de amplias regiones del planeta. La creación de empleo estable, el fortalecimiento de infraestructuras y el acceso a condiciones de vida dignas no solo beneficiarían directamente a estos países, sino que generarían efectos positivos a escala global. Entre ellos, podría reducirse la presión migratoria motivada por la falta de oportunidades, con el consiguiente impacto tanto en los países de origen como en los de destino, donde los flujos migratorios pueden generar tensiones en los mercados laborales y en la cohesión social.
Asimismo, la incorporación de estos países como actores productivos en la economía mundial permitiría abrir nuevos mercados actualmente infrautilizados o inexistentes. Esto facilitaría la absorción de excedentes productivos de las economías desarrolladas, transformando a estos países de receptores netos de ayuda, en participantes activos generadores de riqueza. Algo nada baladí.
Como consecuencia, podría impulsarse la demanda global y favorecerse un crecimiento económico más equilibrado.
Sin embargo, este proceso requiere una planificación una puesta en marcha de unas acciones a largo plazo. Y obviamente, la participación coordinada de la comunidad internacional. No se trata de medidas aisladas, sino de estrategias integrales que involucren a un amplio conjunto de países y organismos, con objetivos claros y plazos razonables. De llevarse a cabo, podría producirse una transformación significativa del sistema económico global, caracterizada por la aparición de nuevos polos de desarrollo y una redistribución más equitativa de las oportunidades existentes.
La mejora de las condiciones de vida a escala global también tendría efectos positivos en otros ámbitos, como la sostenibilidad ambiental, la salud pública y la estabilidad social. Cuando las necesidades básicas están cubiertas, resulta más viable adoptar prácticas responsables, preservar el entorno y reforzar los sistemas sanitarios. Además, una mayor homogeneidad en las condiciones de vida contribuiría a generar respuestas más coherentes y eficaces frente a desafíos comunes, especialmente en cuestiones globales como el medio ambiente.
En definitiva, avanzar hacia un modelo más inclusivo e interconectado no solo responde a principios éticos, sino también a una lógica pragmática: en un mundo sin compartimentos estancos, el bienestar colectivo depende, cada vez más, del desarrollo equilibrado de todos sus integrantes.
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